Además de la náhuatl, otras culturas, por sus características propias, por su proceso de integración, por sus tendencias de mejoramiento, por su permanencia, su desarrollo en general, constituyen piedras bases de la cultura mexicana. Por ejemplo, en el actual sureste de México, en la parte de la América Central, floreció la cultura maya. Pero así como ésta, se desarrolló otra cultura importante, conocida como «tarasca», la cual tuvo su centro geográfico en el estado de Michoacán.

Se considera que el reino tarasco se extendió a los estados de Guanajuato, Colima, Jalisco y Nayarit, y que desde los tiempos remotos tuvo que reducir su hábitat por la presión bélica de grupos indígenas limítrofes (como los mazaluras, xaliscas, otomíes y aztecas).

El origen de los tarascos o purépechas, más que el de otros grupos étnicos, se pierde en la lejanía prehistórica, y no hay sino leyendas que lo explican, ciertamente poco satisfactorias. Se dice que provienen del Norte como las demás tribus, hablando de Alaska y más allá. Existe alguna otra leyenda de que peregrinaron del Sur, del Perú o de Bolivia. Esto es porque hay vestigios tarascos o muy parecidos con una cultura muy semejante o de un tronco común en esos países. Hay quienes sostienen la tesis de que esta última conclusión se debe a que los tarascos pudieron llegar hasta el lejano sur y refluyeron en esa hábitat.

El reino de Michoacán estaba en franco desarrollo cuando llegaron los conquistadores, contrariamente con lo que sucedía a otros pueblos que eran absorbidos por los aztecas. Los tarascos adoraban los astros como el sol, que representaba el principio masculino, o bien, la luna, que era el principio femenino y animista de todas las fuerzas naturales. Los dioses cósmicos, como Curicaveri, Cutzi, Cueróperi y otros menores, tenían sus lugares de adoración, a modo de santuarios, con una organización sacerdotal encargada del culto; eran consistentes en ritos, calendarios de festividades y normas morales de una observancia rigurosa y severas sanciones para quienes las quebrantaban.

El saber de los tarascos involucraba conceptos sobre la vida y la muerte, el mundo y el hombre; el origen de las cosas y su destino; la existencia de principios divinos o de un ser supremo. El sentido religioso impregnaba todas las manifestaciones de la vida pero de modo que permitiera al hombre orientar, ensanchar y enriquecer su existencia. Es así como desarrollaron los principios de la conducta, la organización social y política; la economía, el trabajo, la educación, las artes, las ciencias y las técnicas.

El idioma purépecha es uno de los más perfectos, fluidos y musicales entre las lenguas aborígenes. Está como modulado para los finos oídos de la raza, la «pericua» (canto) o charla animada y cordial, canturía gustosa, que escurre de los labios de la puber tarasca con una suavidad de agua-miel. Es descriptivo, etopéyico y toponímico. No carece, sin embargo, de términos para expresar todo este mundo interior de los sentimientos delicados del hombre, ni los pensamientos más abstractos de su teogonía y concepciones de la vida.

Los tarascos no eran constructores, por eso no nos legaron monumentos arquitectónicos como los aztecas y los mayas; pero su cultura alcanzó un alto grado de evolución, logrando otros rasgos acentuados: su poder creador expresado en la música, la pintura, la danza, etc., y en su capacidad de renovación constante…

Siendo los tarascos celosos de su tradición y cultura, conservadores como todas las sociedades primitivas, su actividad creadora y espontánea sólo se redujo y se volvió repetidora en el momento de la conquista. La restricción individual y la mayor cohesión colectiva fueron mecanismos defensivos y de seguridad para sobrevivir a las tremendas condiciones impuestas por la conquista, colonización y más acá todavía.

Otro rasgo de esa cultura es aquel que la define como una de las más integradas, desde el punto de vista humano. Para lograrlo, contribuyó, sin duda, la propia unificación natural del hábitat. Esto tenía como consecuencia el intercambio de productos, la provisión de materias primas, y el comercio con todas las zonas. Había el cultivo de la tierra, la domesticación y cría de animales; la caza de patos, venados y codornices; la pesca, la recolección de semillas y plantas, haciendo que la dieta alimenticia de los tarascos fuera una de las más completas del Continente.

Pero la vida de los tarascos tenía como base una serie de actividades productivas, que consideramos como artesanías, con un valor precario superficial, casi puramente folclórico. Según la Relación de Michoacán, tenían como moneda ciertos productos, tales como los tejidos, algodón y algunos objetos fabricados de cobre (cascabeles, hachas). La especialización y habilidad o técnica artesanal, la experiencia en oficios, era cosa muy estimable, y la educación consistía en adquirir y transmitir esta herencia cultural. De allí que Sahagún llama a los tarascos «artesanos superiores». Además, entre ellos destaca la inteligencia y laboriosidad de la mujer.

El patrón de organización de la población, a diferencia de los aztecas, era de comunidad; sobrevino como resultado de las actividades económicas, ya que la especialización obligó al agrupamiento, la participación de toda la familia y cierta división incipiente en el trabajo. En una misma casa habitaban varias familias, unidas por lazos de parentesco. Esta organización trivial, se ampliaba en el pueblo y la tenencia, pero siempre sobre la base de una unidad económica formada por una especie de linaje especializado en una artesanía, o variante de la misma.

La educación no era confiada a una institución en especial, sino a la acción difusa y espontánea de la casa-taller y la comunidad entera.

Desde las espaldas, asegurado con el rebozo, como es costumbre hasta la fecha, el niño lactante acompañaba a la madre en sus ocupaciones y se impregnaba del ritmo y forma de vida social. Cuando el niño bajaba de las espaldas de la madre, se consagraba a sus juegos, pues tanto los niños como las mujeres gozaban de mucha consideración. A partir de los siete años, los niños y las niñas acompañaban al padre y la madre en sus respectivos trabajos.

La única institución educativa que, según opinión del ilustre antropólogo y doctor Gonzalo Aguirre Beltrán, existía entre los tarascos y no en algún otro grupo étnico del país, eran las llamadas «quataperas» o «guatapera». Esta institución social estaba destinada a la mujer, pues su influencia ocupaba una posición social muy importante, era agente activo del mercado y la economía, así como de la producción y laboriosidad.

La «guatapera» era una institución destinada a regular un rito de paso de la niña al estado de mujer. Allí se preparaban para el culto a sus dioses y también para ciertos menesteres domésticos: hilar, tejer, preparar alimentos… La «guatapera» contaba con un templo y habitaciones numerosas. Era también hospedaje para viandantes y centro de reunión de la comunidad.

Los tarascos, afirma Aguirre Beltrán, educaban a sus miembros para suministrarles la personalidad cultural deseada por el grupo; les inculcaban una socialización necesaria y el aspecto práctico que representan las habilidades indispensables para ganarse la vida y ocupar su puesto en la sociedad.

Fuente: Castillo, Isidro, Don Vasco de Quiroga y los hospitales pueblos, SEP, México, 1968.

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