mayo 2010


Cierto día, cuando laboraba en los terrenos de mi abuelo, me topé con una piedra negra muy brillosa de forma déltica. No le puse demasiado interés, sin embargo, por su constitución embelesante, la guardé en la manta con que cortaba peras.

Al llegar a la casa la mostré a mi hermana mayor. Fue tanto su sorpresa que me quedé atónito, mientras ella corría de la cocina al patio trasero augurando el descubrimiento de una pieza arqueológica, según ella, importante para el nuevo museo que se abría en Morelia. Una “lanza de obsidiana”, un “chinapo” de Ucareo se exhibiría próximamente en los mostradores de arqueología purépecha…

Quiero compartir en adelante sobre la importancia de la “obsidiana” en la época prehispánica. Un material muy particular y característco que abunda en los alrededores del pueblo de Ucareo.

Comienzo pues, con un primer texto que narra una vieja leyenda sobre el origen de este material volcánico, utilizado como herramienta y adorno entre las viejas culturas mexicanas.

 

La leyenda de Obsid

Cuenta una historia prehispánica, que cuando la vida era muy difícil y el hombre tenía que luchar contra inmensas bestias salvajes para poder alimentarse, ocurrió un acontecimiento que cambió la vida de las personas de aquel entonces.

En cierta ocasión salieron de sus cuevas los hombres de un gremio a cazar un gran mamut para el abastecimiento de varios días. Las mujeres y los niños aguardaban en la socavón en compañía de los ancianos.

La cacería del mamut duró varios días. Los niños y las mujeres del clan se encontraban desprotejidos: las armas se encontraban en manos de los que cazaban la bestia y los ancianos no eran suficientes para mantener el orden.

En el transcurso de una tarde, un grupo de hienas feroces atacaron al clan. Su despiadada depredación hacía destrozos en la cueva, hasta que Obsid, el pequeño hijo del más valiente guerrero, se percató de una piedra negra y filosa que estaba en el suelo. La tomó y la amarró a un palo que tomó de los escombros y lo lanzó con gran fuerza hacia una de la hienas. Enorme fue la sorpresa de todos al darse cuenta de lo peligroso y útil de aquel instrumento creado al azar. La bestia había caído malamente herida y las demás huían despavoridas…

El ingenio y creatividad de Obsid lo llevaron a recibir los honores de la tribu; fue nombrado guerrero de la aldea y en su honor le llamaron a aquella piedra “Obsidiana”, siendo ésta utilizada posteriormente para la elaboración de instrumentos de caza.

 

Fuente: PASTRANA, Alejandro. La Explotación Azteca de la Obsidiana de la Sierra de las Navajas, Hgo., México. I.N.A.H.

 

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Pertenezco a un pequeño poblado del Esatado de Michoacán, un lugar muy sencillo, modesto y a la vez interesante. La niñez y parte de mi juventud la viví en su regazo, y gracias a ello me hice portador de considerables riquezas que hoy son parte esencial de mi persona.

Profusas son las historias de mi pueblo que se refieren a individuos muy particulares, aquellos que se mantienen al margen del común de la sociedad pueblerina (por alguna discapacidad, por exclusión social, por vicio alguno o por provocar mofa entre la gente)… Yo a ellos los comparo con “Pito Pérez”, el desventurado borracho de Santa Clara del Cobre y personaje ilustre de la obra de José Rubén Romero. Y digo los comparo porque no significa que todos son iguales, pero sí comparten características de aquel sector rechazado por la mayoría.

Alguien me dijo alguna vez que sin este tipo de personas los pueblos se volverían rutinarios, abandonados, e incluso sumisos a las condiciones fatales que padecen, y tal vez tenga razón, no porque apoye la detestable idea de recriminarlos, sino porque son ellos los que más viven las desventuras de la humanidad, los que conocen con mayor certeza la esencia y el colorido de nuestro país, y desde luego, porque a ellos los convertimos en válvula de escape de nuestras represiones sociales. Son ellos la expresión sencilla y no rebuscada del mexicano: alegre siempre a pesar de su historia dolorosa; rico en sus miseria; enmascarado con aquel humor que siempre ahuyenta sus propias tragedias.

Aquí dejo pues el testamento de este hombre tan picarezco para que lo tomemos con ambos brazos y lo invirtamos en la empresa personal:

a).- “Lego a la humanidad todo el caudal de mi amargura…
“Para los ricos, sedientos de oro, dejo la mierda de mi vida y para los pobres, por cobardes, mi desprecio, porque no se alzan y toman todo en un arranque de suprema justicia”.

b).- “Solamente los tontos o los enamorados se entregan sin condición”.

c).- “Libertad, igualdad, fraternidad… !Qué farsa más ridícula! A la libertad la asesinan todos los que ejercen algún mando; la igualdad la destruyen con el dinero, y la fraternidad muere a manos de nuestro despiadado egoísmo”.

d).- “Y, ¿qué es la caridad? Bien claro lo indica su nombre: ca-ri-dad, dad, dad. ¡Por algo es la mayor y la más grande de las virtudes!”

e).- “¿Qué voy por la vida sucio, greñudo, desgarrado? ¡Y qué importa si no tengo con quien quedar bien!; ¿Qué no trabajo? ¡Qué más da, si nadie tiene que vivir a mi costa!”

f).- “Te amo en secreto, si lo supieras nunca me hirieras con tu desdén…”

g).- “Humanidad, te conozco; he sido una de tus víctimas”.

h).- “¡Cuán breves son las fiestas de este mundo y cómo nos dejamos engañar por un señuelo!”

Lugar mágico

Hace algunos días visité uno de esos pueblos mágicos del país. Me pareció recordar elementos muy significativos de mi infancia, pues entre la gente de aquel lugar relucía una vida apacible y sin sobresaltos… Dicho pueblo me hizo recordar el lugar donde nací, pues el pardear de aquella tarde era similar a la viva imagen de los atardeceres en Ucareo, pueblo que descanza en la cima de un pequeño collado.

Es precisamente de ese pequeño recinto del que quiero compartirles en este espacio. Con esto no trato de ninguna manera adueñarme del basto significado que engloba esta comunidad. Es tan sólo una perspectiva muy particular pero que busca conformarse lo más objetiva posible.

Hay, sin duda, personas más propias para hablar de Ucareo. Aquellas que cuentan con la herencia de la vida misma, los que gustan por conservar las historias particulares, los que sienten en sus venas la responsabilidad de mantener un basto legado de tradiciones propiamente ucarences… A ellos les agradezco sinceramente y les invito para que nunca desfallezcan. Por mi parte, no puedo dejar en el tintero esa realidad que a más de uno le puede avivar el espíritu.

Con esto, pues, que la constancia, magnanimidad y nobleza de ánimo caractericen siempre al “mágico pueblo de Ucareo”.