Como es sabido, en los últimos días de julio y primeros de agosto de cada año, se realiza en Ucareo la conocida “Feria de la Pera”. Un evento que reune costumbres, sabores, historia y diversión… Por ello, como preámbulo a dicho evento, coloco una leyenda que trata sobre el origen de “la pera”, cuya producción se realiza en tierras ucarenses y alrededores.

Con ésto, pues, deseo vayamos preparando terreno para agasajar una festividad tan representativa para los oriundos del lugar.

No olvidemos que, las leyendas en el marco literario, no aluden a realidades concretas, pero sí dan una profunda satisfacción e imaginario colectivo que afianza una identidad; además, nos ayudan a darle nuevos significados al mundo que nos rodea. Así, entonces, tienen la libertad de emitir juicios del siguiente texto, respetando siempre la amplia simbología que de él pueda extraerse…

 

Tsanda

Cuenta la leyenda que en tiempos de hambruna un joven llamado Tsanda (Rayo de sol) caminaba por las orillas del barranco Tamárhu (tierra fértil), cuando, al pie de un tejocote, se halló un “tiríapu” (mazorca de maíz) de color pajizo semidorado. Su alegría fue tanta que decidió regresar con su hallazgo a la comunidad. Pero en el instante de agacharse para tomar aquel “tiríapu”, un hombre de barba cerrada con lienzos negros y de aspecto muy prominente le irrumpió diciéndole:

–¡Detente Tsanda! El “tiríapu” que tocas no es como los que normalmente conocen los “tarheri” (agricultores).

Tsanda, asustado por aquel hombre y sus palabras, cayó de espaladas en el intento de apartarse.

–¡No temas!, dijo con voz suave el hombre de la exuberante barba. –Sólo quiero ayudar a los tuyos–, continuó mientras levantaba el “tiríapu”.

El hombre extraño colocó el “tiríapu” en las manos de Tsanda diciendo:

–Desgrana el “tiríapu” sobre aquel tejocote y promete el “tarhéni” (labrado y cuidado de la milpa) constante y detallado de las plantas que germinen; yo a cambio te daré un alimento que los dioses esconden en sus moradas y que ningún hombre jamás podrá obtener por cuenta propia.

Tsanda quedó boquiabierto. Nunca había visto a un hombre con tal fachada, ni mucho menos había escuchado una oferta de tal magnitud. Después de tantos descontentos causados a sus padres y demás parientes, le llegaba la oportunidad de recuperar su decoro entre los de su casta.

Tsanda atrajo sobre su pecho el “tiríapu” y lo apretó desmedidamente. Después dio un signo de asentimiento al hombre extraño que tenía frente a él.

Sin más, el varón, antes de abandonar el lugar, le señaló a Tsanda que lo prometido se cumpliría hasta que las matas de milpa que naciesen al pie del tejocote comenzaran a espigar.

El tiempo pasó. Tsanda nunca dejó de realizar el “tarhéni” de la milpa que rodeaba el tejocote. Y cuando ésta última comenzó a espigar, las ramas de aquel bejuco se cubrieron de unos cuerpos embelesantes en los que el sol se destellaba. Eran semiredondos, de matiz amarillo y textura lisa. Tsanda tomó uno de aquellos, y al momento de examinarlo se lo llevó a la boca y lo mordió. Descubrió así un elixir que los dioses escondían desde tiempos remotos. Tsanda llamó a aquel fruto “piréni” –pera– (que significa “gozo del canto” o “deseo de entonar un himno”) porque su descubrimiento debería elogiarse sobremanera con cantos a la tierra madre que proveía a su gente con nuevas especies.

 

Cuentan que Tsanda se convirtió en Cazonci (autoridad suprema de la tribu) y mandó cultivar huertas por todo su territorio. El tejocote aquel de donde emanaron aquellos cuerpos permaneció por tiempos milenarios y año tras año procuraba a los hombres aquellos frutos dignos de veneración…

 

 

 

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