Conozco a una amiga que tiene un amor irrefrenable por el cine. Cualquier oportunidad que se le presenta hace de las suyas para estar en el centro de su pasión.

Esto me ha motivado a penetrar en la curiosa actividad cinéfila entre los ucarenses. El séptimo arte, como muchos llaman al cine, no sólo proporciona espectáculo o diversión, sino también nos amplía de alguna manera nuestra visón del mundo.

En lo que se refiere a los inicios del cine en Ucareo, se considera que las primeras películas eran exhibidas por campañas publicitarias extranjeras o de firmas comerciales nacionales. Como es de saber, estas películas no contaban con banda sonora, ya que reunían los ingredientes anteriores a los que se utilizan en el cine actual: cámara oscura, fotografía, lentes, proyección y las ilusiones visuales producidas por las vueltas, pero sin ningún acompañamiento sonoro.

La novedad del primer cinematógrafo correspondió a Antonio Frías con el Cine Yolanda que exhibía sus películas en la escuela primaria en la Calle Nacional, a finales de los años cuarenta. Después apareció el Cine Danubio propiedad de Gustavo Heredia y Willebaldo Bañuelos que operaba en la escuela ubicada en la calle Padre Torres.

El cine La Marota llegaría con posteridad. Su particularidad radicaba en ser un cine “itinerante”, pues se transportaba el equipo de proyección en un camión de carga. Su empresario no era del pueblo. Y dado el carácter ambulante del cine, los espectadores eran invitados a presenciar la función y traer sus propias sillas. La Marota tuvo un final trágico: en una temporada de lluvias, el camión quedó varado en el lecho del arroyo La Volante y fue arrastrado por la corriente con todo y carga.

Detrás de ello, Ismael Mendoza Moncada presentó el Cine Tepeyac que daba función los domingos por la noche. Estas proyecciones eran precedidas por música. Se tocaba la canción Las Bicicletas como señal de que iniciaría la función. Abraham Heredia fungía como presentador en el micrófono anunciando películas y canciones. El equipo pasó a manos de Gabriel Suárez, quien estableció la sala de cine en la Calle Real.

Los años venideros incitarían la desaparición del cine (propiamente dicho). En su lugar aparecería la televisión, cuya propiedad abarcaba a la mayoría de los pobladores. El cine, desde ese entonces hasta nuestros días, se restringe a las salas comerciales de las ciudades cercanas a Ucareo. La mayoría de las personas tienen poco contacto con este medio de comunicación, limitándose a una asistencia esporádica. Dando por consecuencia un ambiente poco familiar al cine y no del todo valorado.

 

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