Durante la Conquista, la Iglesia se valió de misioneros de diversas Órdenes que acompañaron a la Corona en el proceso de colonización. La Orden de San Agustín también se hizo presente en la Nueva España. La Provincia de Castilla envió en 1533 a siete religiosos agustinos, los cuales desembarcaron en San Juan de Ulúa el día de la Ascensión, el 22 de mayo.

A pesar de que llegaron nueve años después que los Franciscanos y siete que los Dominicos, se considera a los Agustinos, sin lugar a duda, entre los fundadores de la Iglesia Mexicana, por haber desarrollado su labor apostólica en territorios todavía no roturados por aquellas Órdenes.

La presencia de los Agustinos en Ucareo se debió a que, en un principio, los pobladores no tenían ministros de planta sino que, enclavado en el territorio franciscano, unas veces era atendido desde Acámbaro y otras desde Taximaroa (hoy Ciudad Hidalgo). Por ello, en el provincialato de Fr. Diego de Vertavillo, no hubo dificultad para fundar en aquellos lugares de poca asistencia cristiana el convento de San Agustín, hacia 1555.

El iniciador de la fundación fue Fr. Juan de Utrera, quien tenía grandes dotes como arquitecto. Este personaje, al mismo tiempo que iba catequizando, iba también pensando en la construcción de un edificio conventual, de tan grandes proporciones para el lugar, que llegando la noticia al Virrey Don Luis de Velasco, mandó al Provincial suspender la obra y construir una adecuada para el ministerio de los indígenas. Es aquí cuando Utrera emplea como astucia un nuevo método de construcción desconocido hasta entonces, pues, al presentarse el Provincial en Ucareo para la visita, acordó con él construir un edificio que no se llevara sino alrededor de un año. Utrera desde que se le mandó suspender la obra había estado trabajando en la cantera, por lo que al año pactado sólo se dedicó a ensamblar el edificio que ya tenía hecho en partes. Esta obra arquitectónica quedó tan bien distribuida que el cronista Basalenque se abstiene de describirla, dejando el trabajo a los ojos del visitante.

Construido el convento, faltaba la iglesia que para ese entonces continuaba siendo un gran jacalón cubierto de paja; de este trabajo se encargó Fr. Gregorio Rodríguez, quien edificó tanto la capilla mayor como el retablo, dotándole además de una apreciable sacristía. Compró además para el sustento del convento una hacienda. Todo esto lo pudo hacer con las aportaciones de tejamanil que los indígenas hacían al convento y que Fr. Gregorio enviaba a vender a Zacatecas, cambiándolo incluso por plata producida en aquel lugar, lo que hizo pensar en la existencia de una mina en torno a Ucareo.

La parroquia de Ucareo estaba situada en un perímetro de cuatro leguas; la inmensa mayoría de los habitantes eran Tarascos de origen y lengua, existiendo una minoría de Matlaltzingas. Contaba con cinco núcleos de población, la cabezara Ucareo, con 125 familias, que tenía su hospital con bienes regulares, desde animales hasta cosecha de maíz. Tziritzícuaro distante cuatro leguas de la cabecera, con 50 familias y su hospital sin bienes. Uripitio a una legua, con 15 familias, sin hospital.

Para atender todo la estructura y el servicio a los indígenas, había de dos a tres frailes en un principio. Posteriormente fue aumentando el número hasta tener de cinco a seis regularmente.

Los frailes de Ucareo tenían para su manutención 100 pesos, salario del Rey al cura, mas seis arrobas anuales de vino y aceite; dos haciendas: Araró e Irámuco, de las cuales la primera tenía rebaños de ovejas con 8000 animales y la segunda con 8000 vacas, lo cual redituaba, según la apreciación del obispo Ramírez del Prado, 1700 pesos.

Ciertamente el convento de Ucareo junto con su organización no producía tanto, pues Irámuco se rentaba en el año de 1652 por 400 pesos anuales y Araró en el año de 1639 en 300 pesos anuales. Las ovejas que para el año de 1643 eran 5080, se rentaban a 70 pesos anuales el millar… Con todo, era un convento que no pasaba apuros económicos, sino por el contrario, ayudaba a otros conventos como Valladolid, Undameo y Pátzcuaro, dándoles desde 40 hasta 2000 pesos para las necesidades y compra de provisiones que necesitaba el pueblo.

 

JARAMILLO ESCUTIA, Roberto, Los Agustinos de Michoacán de 1602-1652. La difícil formación de una Provincia, UPM, 1991, México, págs. 36-38.

 

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