Anónimo

Sin lugar a duda, los niños están abiertos a todos los colores del mundo. Ese es el comprobante de su confianza en los grandes. ¿No se han dado cuenta de la avidez con que los infantes escuchan y creen lo que se les cuenta? ¿Han mirado su ingenuidad y simpleza?

Cuando se les hace perder la seguridad en la palabra; cuando se les traiciona una promesa y se hiere su confianza, se introduce en los niños un conflicto difícil de remediar.

Recuerden a Hamelin, aquel pueblo próspero cuyos gobernantes ofrecieron cien monedas de oro a quien erradicara una plaga de ratones. Mediante su tonada hipnótica, un conocido flautista logró hacer que los roedores lo siguieran hacia el margen opuesto del río, donde murieron ahogados en las aguas. Cumplió el flautista, pero los avaros gobernadores del poblado lo menospreciaron.

«¿Pagaremos tanto por una simple tonada?». No le dieron un solo centavo de la recompensa prometida. Entonces el flautista volvió a soplar su tonada himnótica, y fueron cientos de niños, todos los niños del pueblo quienes le siguieron sin atender los ruegos de sus padres, y a quienes se llevó muy lejos, tan lejos que nunca regresaron a Hamelin.

Alguien dirá, con toda razón, que en este cuento no se aprecia muy claramente el tema de la confianza infantil y su traición. Pero hay que pensar que el cuento tiene de transfondo aquellas veces que se promete, se crea, se juega con la inocencia de un niño, se le roba con toda providad su confianza.

Digo esto por aquel hecho que vi encarnecidamente hace días en la primaria del pueblo: un padre de familia le prometió de palabra a su hijo que si sacaba diez en el examen le compraría un «disfraz» y una «calabaza» para que fuera a pedir «calaverita» y no lo cumplió […].

¿Podrá el niño recuperar el amor prometido y la confianza en el padre? Es muy difícil. Pero guardo las esperanzas de que ese niño resuelva no traicionar la confianza de los demás.