José López

    Las palabras de corazón a corazón, ¡libres!, que mi esposa susurró a mi oído aquella Navidad marcaron mi interior. Ella había concluido de adornar el «Nacimiento», el cual se hallaba en la antesala del hogar. Era una noche friolenta.

Matilde –que es el nombre de mi amada– me susurró al oído con voz bajita:

–¡Mira qué figura tan pequeña!

Dirigí de inmediato la mirada a donde mi esposa se refería. Y ella continuó:

–Su pequeñez hace posible que le miremos como si fuera un prodigio maravilloso ¡Qué niño tan más cariñoso y atractivo!… ¿Ves su pequeña mano?… (y suspiró)… Es tremendo pensar en la esencial energía humana que mueve algo tan diminuto. Es como imaginarse que la naturaleza humana podría vivir en el ala de una mariposa o en la hoja de un árbol…

Miré con fijeza a aquella criatura que tenía delante de mí, al momento en que escuchaba lo que Matilde decía casi extática.

–Lo que hace al niño tan atractivo es su felicidad: es alegre por la gravedad de asombro ante el universo… sus ojos grandes y brillantes parecen contener en su admiración a todas las estrellas; su nariz parece darnos la insinuación más perfecta del humor que nos espera en el Reino de los cielos…

Aquel establo dilapidado, de madera media rota, me hacía sentir medio extraño. La paja en el tejado parecía de oro, aunque un poco vieja y polvorienta. Bajo aquellas luces del pesebre se resaltaba la figura del Niño Jesús entre los bueyes y el burro. Pero también estaba mi pequeño bebé (Julito) jugando entre la paja y las luces del pesebre.

Mi esposa elevó su mirada hacia el crucifijo de la pared y dijo con voz suave:

–¡Respóndeme, carne nuestra, respóndeme! Dime, ¿de dónde vienes?, ¿quién eres?, ¿estás en la tierra para que aprendamos?, ¿viniste para enseñar o para advertirnos?…

Me acuerdo que Matilde se alegraba de su balbuceo. Fue la primera vez que sentí conmoción por las cosas inefables.

Lo que no supe –ni tampoco me atreví a preguntarle a Matilde– fue si todo ese diálogo se refería a nuestro hijo (Julito) que jugaba entusiasmado frente a nosotros o al «Niño Dios» que radicaba en la cuna del pesebre.

Fue aquella noche de Navidad, hace tiempo ya… ¡Un momento sublime que desplegó la gloria!