José López 

      Cuando le sucedió lo que les voy a contar, Juan era un joven de buen corazón, mente soñadora y sencilla belleza. Sin embargo, sufría una herida secreta, por un doloroso deseo que le parecía incurable y que dotaba a su rostro de una especie de majestad melancólica cuando caminaba ensimismado. Él quería siempre saber. No habría sido capaz de especificar que quería saber, pero su deseo era como una sed sin nombre, una sed que no sentía en la boca, sino en el corazón.

Todo sucedió allá por 1602, cuando se terminaba de construir el templo adyacente al convento de San Agustín, en el tiempo en que los frailes de Ucareo iniciaban su primer Capítulo Provincial.

Desde hacía mucho tiempo, Juan y Fray Diego mantenían una amistad floreciente. El joven aprendía las artes del monje y éste último le guardaba un cariño particular. Fray Diego era un hombre sabio y ejemplar y conocía bastante bien los deseos de aquel muchacho. Por ello decidió obsequiarle un par de libros que, como bien advirtió al joven, le ayudarían a solucionar su problema. Pero lo hizo a condición de que los meditara en mutismo y con humildad. Los textos, en realidad, más que palabras sagradas, contenían indicaciones para apreciar el silencio, el «ruido de la nada».

Juan, ansioso por descubrir la sabiduría que aguardaban los libros, comenzó a leerlos –una virtud que había aprendido de Fray Diego¬–. Consumió de inmediato las obras pero no halló nada de lo que buscaba. Había olvidado despojar la vida de los detalles inútiles a través de la meditación.

Llegada la noche, en su desesperación, fue a buscar al fraile para preguntarle sobre los propósitos con que le había obsequiado los libros. Y tras haber gritado con fuerza frente a las ventanas del monasterio, Juan se apartó desahuciado sin haber encontrado al monje. Se dirigió entonces al pie de un árbol que daba frente al convento y contempló la luna que era radiante. La miró con una simpatía fuerte y fiel –como se mira a una madre perfecta–, pues su sola presencia simplificaba la aridez y los obstáculos del mundo.

Meditó largo tiempo, le dieron ganas de dormir en esa tranquilidad que inundaba su alma. Entonces se acostó debajo del árbol en que se hallaba, colocó los libros bajo su nuca, cruzó los dedos sobre el vientre y escuchó a su alrededor los menudos ruidos de «la nada». El cielo estaba limpio y las estrellas se mostraban radiantes. El corazón de Juan se llenó de tal dulzura que se le hizo un nudo en la garganta. «¡Saber la verdad del mundo –suspiró–, saber!». Era la frase más bella que salía de su boca aquella noche… De pronto poseía una maravillosa ligereza. Una avidez jubilosa lo invadió. La gravedad del mundo y todo el conocimiento de la tierra se le antojaron enseguida. Se dijo que por fin había alcanzado esa ciencia que quizá nunca podría enseñar nadie, aquella que le proporcionaría para siempre la paz. Y contuvo la respiración para no romper el hilo que le sostenía en su éxtasis.

Fue entonces cuando oyó un grito lejano, menudo y lastimoso. Lo escuchó un breve instante. Algo en él se agitó, una pena olvidada quizá, un jirón de pena terrestre llevada al cielo. Juan sintió que descendía de su estado sublime imperceptiblemente. El grito gimió en la noche. Él se conmovió y se inquietó. «¿Porque me gritas?», le dijo a la voz, y de pronto apareció Fray Diego detrás del árbol.

Juan alzó los ojos, extendió el cuello y vio en su presencia aquel monje que poco tiempo atrás le había obsequiado los libros que traía en manos. Le preguntó:

–¿Por qué me gritas de tal manera?

–Porque he estado escuchando tus palabras que no son más que egoísmo y quería recordarte que la fuerza de tu mente sola, ni la lectura inmediata de un libro, pueden bastar para alcanzar el verdadero conocimiento –le respondió Fray Diego–. Hace falta también tu corazón, tu carne, tus sufrimientos y tus alegrías. No basta sólo la inteligencia, Juan. Es lo que debes descubrir en el silencio. Si no comprendes estas palabras caerás en la eternidad sin esperanza, en la peor de las muertes: aquella en la que nada germina… Por ello quémate en todos los fuegos, tanto en los del sol como en los del dolor y el amor. Así es como se entra en la verdadera sabiduría.

El fraile dio la vuelta y se marchó. Juan se puso de pie y caminó lentamente por una de las calles del pueblo. A lo lejos un perro ladraba a la luna. Por primera vez, ésta le pareció a Juan como una hermana y sintió piedad de ella. Mirándola fijamente por un instante, le dijo:

–A pesar de todo, ¡nunca podrás alcanzar la sabiduría de la que goza el hombre!

Y apretó con mayor fuerza los libros que traía bajo el brazo.