abril 2011


La cruz atrial de Ucareo es una de las más abundantemente historiadas que se pueden admirar en Michoacán, el relato pasional de sus relieves se distribuye de la siguiente manera:

Al frente: arriba el INRI; en el brazo horizontal de izquierda a derecha, la mano derecha de Cristo clavada, una cabeza que escupe, el torso de Cristo, Caifás y la mano izquierda de Cristo clavada. En el brazo vertical, de arriba abajo, se encuentran los siguientes elementos: azotes, tenazas, martillo, dos clavos y llaga de los pies, cáliz receptáculo, jarra y plato de Pilatos, calavera y fémures cruzados alusivos al calvario.

Costado derecho: de arriba hacia abajo se encuentran: un gallo y un cuchillo que aluden a los pasajes evangélicos de la traición de Pedro, la oreja que cortó a Malco, lanza de Longinos, hisopo de la hiel, cuatro dados con que se jugaron las vestiduras de Cristo, lámpara del prendimiento en el huerto de los olivos y un monograma del Salvador.

En el costado izquierdo: sobrepuestas, la caña de burlas y la escalera del ascenso y descenso de la cruz, abajo el relieve del Salvador.

Al reverso: arriba, el corazón traspasado de María; en el brazo horizontal, de izquierda a derecha, mano que escribe la sentencia, triángulo con un ojo al centro que alude a la omnipotencia divina en su Trinidad y, por último, la oreja de Malco cortada por Pedro. En el brazo vertical, de arriba abajo: vid eucarística con tres racimos de uvas, donde se alimentan dos pajarillos, referentes al alma humana y abajo el Divino Rostro.

La bella cruz nos remite al siglo XVI, por el carácter estilístico de sus relieves, pero su reverso desconcierta un poco, ya que la ondulante vid eucarística con que se orna, y los pajarillos que la habitan, se relacionan más al tipo de decoración que se dio en el apogeo de la modalidad barroca salomónica, haciéndonos suponer que la cruz data del siglo XVII.

 

Fuente: http://www.hispanista.org/libros/alibros/2/lb2b.pdf

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Nadie es bastante ni suficiente capaz

de conocer a Dios en su gloria y majestad,

si no lo conoce en la bajeza y deshonor

de la cruz.

(Jürgen Moltmann)

 

Un Dios que no puede sufrir es más desgraciado que cualquier hombre, pues sería un ser indolente, carente de afectos. No podría llorar porque no tendría lágrimas. Si Dios no puede sufrir tampoco puede amar… Para el hombre y para Dios su riqueza es el amor, el sufrimiento, que es protesta y libertad… Por eso Dios se hizo hombre: hizo la revuelta más grande de la tierra, decidió el sufrimiento porque él es amor.

 

Jueves Santo

Este día se tiñe de un significado propio: se tiene presente la institución de la Eucaristía, expresión culminante de la vida sacramental de la Iglesia. El obispo celebra el rito de la misa crismal como preparación inmediata e intensa del triduo pascual. En ella renueva las promesas sacerdotales de su clero y bendice los santos óleos que servirán para la celebración de los sacramentos a lo largo del año en toda la diócesis. En este misterio pascual fluyen los sacramentos de la Iglesia, por lo que el ministerio sacerdotal se vigoriza extraordinariamente.

En la tarde del Jueves Santo, litúrgicamente es viernes, por este motivo la misa vespertina es la introducción al triduo, pero a la vez es una profecía de lo que será el gozo exultante de la misa pascual. Por eso nos reunimos para recordar la celebración de la última cena de Jesús con sus discípulos, el último encuentro con ellos antes de la pasión.

Nos podemos imaginar el ambiente que se viviría allí en el cenáculo, donde Jesús y los suyos se habían reunido para comer la cena pascual, aquella cena en que los judío conmemoraban, año tras año, la liberación de la esclavitud de Egipto. Un ambiente tenso porque todos eran muy conscientes de que las autoridades judías querían eliminar a Jesús. Y un ambiente de gran afecto mutuo, porque ahora más que nunca aquellos discípulos se sienten unidos a su Maestro.

El amor y la entrega de Cristo son totales, que por ello se inaugura la Nueva Alianza por la sangre derramada para la salvación del género humano.

 

Viernes Santo

Dios se nos manifiesta como amor. Esta realidad está por encima de cualquier modo de obrar humano, de cualquier ley e incluso de cualquier poder. Cuando Jesús es llevado ante los tribunales romanos es acusado de decir que lo único que vale es el amor. La condena de muerte significa arrastrarlo hasta el suplicio terrible e ignominioso de la cruz; tratado como un malhechor. La Iglesia contempla este tremendo misterio.

La muerte de cruz y fidelidad al amor rompe todo un círculo vicioso del mal y del pecado en el que la humanidad fue aprisionada. Es gracia total y definitiva.

Al contemplar la cruz de Jesús afirmamos nuestra fe, consolidamos nuestra fidelidad y damos gracias por lo méritos de Cristo, mientras en el silencio, esperamos que se abra la noche santa de la resurrección, la vida que no tiene fin.

Es el único día en que se omite por completo la celebración del sacrificio eucarístico. El altar se desnuda por completo: sin cruz, sin candelabros, sin manteles. Se realiza en este día la adoración de la santa cruz. Con este signo llegamos al acto central de esta liturgia. El instrumento de suplicio es el signo de salvación.

 

Sábado Santo

La Iglesia permanece ante el sepulcro. ¿Qué pasa en este día? Un gran silencio reina sobre la tierra. Todo el orbe se estremece porque Dios hecho hombre murió por nosotros. Es un silencio que nos invita a hacer un viaje hasta nuestro interior y meditar sobre el sentido de la vida.

Pero también este día es un día de gozo, centro de nuestro año litúrgico. La comunidad se dispone a recibir la luz que se propaga del cirio pascual. Esta luz evoca la victoria de un Rey tan poderoso sobre el pecado y sobre la muerte. Cristo triunfa sobre los poderes del mundo.

El triduo pascual son los días en que recordamos que Cristo revela el poder-del-no-poder. Una experiencia de superación del odio y del resentimiento. Jesús da la vida al otro en lugar de quitársela.

Anónimo

Como en cualquier escuela primaria, existen situaciones muy peculiares que nunca se olvidan y que siempre nos causan una sonrisa. Actualmente se pueden contar –por puñados– recuerdos de nuestra vida escolar, y es el turno de que yo, aprovechando el ofrecimiento del Blog de Ucareo, les narraré cuatro experiencias que espero no sean un atrevimiento, sino una oportunidad de volver la mirada a esos días que, como las oscuras golondrinas, no volverán…

 

Anécdota 1

Era mi primer día de clases. Había niños al por mayor y de todo tipo: los que les temblaban las piernas, los que lloraban o hacían muecas, los felices, los gritones, los pulcros, los escépticos… mas todos estaban formados, “tomando distancia”. ¡Izquierda, uno, dos, uno!… (nos gritaba el profesor para hacernos marcar los pasos). En ese patio cívico resonó con resplandor el que llaman “Segundo himno nacional”.

 

 

 

Anécdota 2

Mi profesora de segundo año, cuya edad era matusalénica, nos especificaba las indicaciones al empezar la clase. Y de inmediato la “doña” se sentaba en su silla y se dormía plácidamente hasta el final… Mientras acompañaba la “pestañita” con sonoros ronquidos, no faltaba quien quisiera despertarla, pero ni los aplausos, ni los gritos, es más, ni los “gomazos” –esto último entiéndase como un golpe a la mitad de su frente provocado por una goma– lograban arrancarle el sueño a mi querida maestra… No era hasta que el megáfono derrochaba el que llaman “Segundo himno nacional”.

 

Anécdota 3

Cómo olvidar a aquel profesor de tercer año del grupo “B”, que era el cliché de maestro de primaria por excelencia: pelo exuberante en el pecho con la camisa desabrochada y una “panza chelera” algo prominente; portaba cadenas y pulseras metálicas… El buen profesor era de lo más cómico. Recuerdo que un día mi maestra no asistió a la escuela y tuvimos que asistir a la clase de dicho profesor. ¡Quién lo iba a pensar! Se hizo un show espectacular. De contar chistes pasamos al skech, al histrionismo... Gritábamos como una torva embravecida en un campo de batalla… No fue hasta que el megáfono derrochó el que llaman “Segundo himno nacional”.

 

Anécdota 4

Me encontraba castigado en la dirección de la escuela. Todo el receso me la había pasado sentado en un banco a un lado del director: un hombre al que recuerdo porque lo vi colocando aquel disco enorme y negro en la consola. Un disco de vinilo, producto fonográfico de 10 a 12 pulgadas de diámetro que giraba a 78 rpm. Era un disco que, hasta ese momento, no conocía físicamente, pero lo escuchaba a diario de “pe” a “pa”; incluso llegué a memorizar los rayones y los scratch-scratch que producía por el megáfono… la pista número cuatro de ese disco era el que llaman “Segundo himno nacional”.

 

Habrá quienes sólo recuerdan de aquellos tiempos al chico ñoño, o los desfiles, o a la maestra preferida, los recreos, los amigos, las malas calificaciones, la graduación… Sin embargo, era el mejor de los tiempos, la edad de la ingenua sabiduría, el tiempo de las preguntas impertinentes y de la locura, la época de las creencias y de la incredulidad…

Yo de eso me acuerdo… Y tú, ¿de qué te acuerdas?…

Ah, por cierto, aquí les dejo al que llaman “Segundo himno nacional”.