Nadie es bastante ni suficiente capaz

de conocer a Dios en su gloria y majestad,

si no lo conoce en la bajeza y deshonor

de la cruz.

(Jürgen Moltmann)

 

Un Dios que no puede sufrir es más desgraciado que cualquier hombre, pues sería un ser indolente, carente de afectos. No podría llorar porque no tendría lágrimas. Si Dios no puede sufrir tampoco puede amar… Para el hombre y para Dios su riqueza es el amor, el sufrimiento, que es protesta y libertad… Por eso Dios se hizo hombre: hizo la revuelta más grande de la tierra, decidió el sufrimiento porque él es amor.

 

Jueves Santo

Este día se tiñe de un significado propio: se tiene presente la institución de la Eucaristía, expresión culminante de la vida sacramental de la Iglesia. El obispo celebra el rito de la misa crismal como preparación inmediata e intensa del triduo pascual. En ella renueva las promesas sacerdotales de su clero y bendice los santos óleos que servirán para la celebración de los sacramentos a lo largo del año en toda la diócesis. En este misterio pascual fluyen los sacramentos de la Iglesia, por lo que el ministerio sacerdotal se vigoriza extraordinariamente.

En la tarde del Jueves Santo, litúrgicamente es viernes, por este motivo la misa vespertina es la introducción al triduo, pero a la vez es una profecía de lo que será el gozo exultante de la misa pascual. Por eso nos reunimos para recordar la celebración de la última cena de Jesús con sus discípulos, el último encuentro con ellos antes de la pasión.

Nos podemos imaginar el ambiente que se viviría allí en el cenáculo, donde Jesús y los suyos se habían reunido para comer la cena pascual, aquella cena en que los judío conmemoraban, año tras año, la liberación de la esclavitud de Egipto. Un ambiente tenso porque todos eran muy conscientes de que las autoridades judías querían eliminar a Jesús. Y un ambiente de gran afecto mutuo, porque ahora más que nunca aquellos discípulos se sienten unidos a su Maestro.

El amor y la entrega de Cristo son totales, que por ello se inaugura la Nueva Alianza por la sangre derramada para la salvación del género humano.

 

Viernes Santo

Dios se nos manifiesta como amor. Esta realidad está por encima de cualquier modo de obrar humano, de cualquier ley e incluso de cualquier poder. Cuando Jesús es llevado ante los tribunales romanos es acusado de decir que lo único que vale es el amor. La condena de muerte significa arrastrarlo hasta el suplicio terrible e ignominioso de la cruz; tratado como un malhechor. La Iglesia contempla este tremendo misterio.

La muerte de cruz y fidelidad al amor rompe todo un círculo vicioso del mal y del pecado en el que la humanidad fue aprisionada. Es gracia total y definitiva.

Al contemplar la cruz de Jesús afirmamos nuestra fe, consolidamos nuestra fidelidad y damos gracias por lo méritos de Cristo, mientras en el silencio, esperamos que se abra la noche santa de la resurrección, la vida que no tiene fin.

Es el único día en que se omite por completo la celebración del sacrificio eucarístico. El altar se desnuda por completo: sin cruz, sin candelabros, sin manteles. Se realiza en este día la adoración de la santa cruz. Con este signo llegamos al acto central de esta liturgia. El instrumento de suplicio es el signo de salvación.

 

Sábado Santo

La Iglesia permanece ante el sepulcro. ¿Qué pasa en este día? Un gran silencio reina sobre la tierra. Todo el orbe se estremece porque Dios hecho hombre murió por nosotros. Es un silencio que nos invita a hacer un viaje hasta nuestro interior y meditar sobre el sentido de la vida.

Pero también este día es un día de gozo, centro de nuestro año litúrgico. La comunidad se dispone a recibir la luz que se propaga del cirio pascual. Esta luz evoca la victoria de un Rey tan poderoso sobre el pecado y sobre la muerte. Cristo triunfa sobre los poderes del mundo.

El triduo pascual son los días en que recordamos que Cristo revela el poder-del-no-poder. Una experiencia de superación del odio y del resentimiento. Jesús da la vida al otro en lugar de quitársela.