Entre los siglos XV y XVI, el imperio Purépecha, con capital en Tzintzuntzan, fue una potencia mesoamericana de primera magnitud que resistió el empuje del imperio azteca. Su influencia cultural abarcaba (de sur a norte) desde los límites del Estado de Michoacán y Guerrero hasta lo que hoy es el Estado de México y desde la costa oeste de México hasta los estados de Jalisco, Guanajuato y Querétaro.

Realmente fue una cultura de gran influencia, por ello constantemente surgen preguntas relativas a ella. Unos de los cuestionamientos más comunes, y que muchos investigadores han debatido, es sobre ¿cómo nombrar al pueblo indio mayoritario de Michoacán, «purépecha» o «tarasco»?, ¿cómo llamar a los antiguos habitantes antes del contacto con los españoles? y ¿cuál era el gentilicio que se daban los propios indios antes y después del arribo de los españoles?

Pues bien, es sabido que a la mayoría de los indios en diferentes temporalidades históricas prefirieron que los nombrasen «purépechas». Aunque la mayoría de relatos y estudios sobre la cultura les atribuyen el nombre de «tarascos», un término que sirvió para distinguir a un sector de la población del siglo XVI que pretendió emparentarse con los españoles conquistadores.

Este último apelativo puede derivarse de tres posibles vocablos: «tarascue» (que significa suegro), «taras-taras» (sonido producido por el pene entre las piernas al momento de correr), o del nombre del dios «Taras» (el dios Taras de los michoacanos que posiblemente en náhuatl se le decía Michoácatl). En los tres casos queda abierta la posibilidad de que «tarascue» haya sido gentilicio utilizado por los nahuas de México desde el periodo prehispánico, o haberse originado después de la Conquista.

Los estudios revelan que tres versiones dejan entender que los nahuas así llamaban a los tarascos y dos asientan que así les llamaron los españoles. De cualquier manera los términos «Tarasco» o «Purépecha» han coexistido en la mente de los michoacanos, mexicanos y otros, lo cual ha consolidado su uso. Sin embargo, los michoacanos consideraron denigratorio el gentilicio «tarasco» –porque les recordaba a las mujeres michoacanas que se llevaban y hacían suyas los españoles– que a su vez ha dado fuerza al gentilicio «purépecha». Éste último término connota la idea de movimiento o desplazamiento. Los «purépecha» son los que se mueven para ir a la guerra, a trabajar al campo, o a la ciudad a llevar tributo, o «los que hacen visitas». Desde otra perspectiva, también se puede entender el término como «hombres trabajadores».

Mientras tanto, la traducción al español de la palabra «purépecha» en los diccionarios del siglo XVI, como por ejemplo, el vocabulario de Maturino Gilberti: «maceguales, la gente común» y el Diccionario Grande, «gente plebeya, villanos», recogen sólo un sentido de su significado. En primer lugar porque los frailes buscaron un equivalente en idioma michoacano a la palabra náhuatl, «macehualli», que en el centro de México, fue traducida como «gente común». Aunque, en otra vertiente de su significado, también puede ser «gente», o bien, en forma más general, «la especie humana». Lo que hace aludir no sólo a un sector social, sino a la «gente» en sentido amplio, tanto la gente agricultora, como la gente gobernante.

Los «Tarasco» y «Purépecha», pues, de una u otra manera se refieren al grupo étnico que habitó (y habita algunas zonas) la región michoacana. El término «purépecha» es el propio para cuando se quiera referir a su lengua autóctona. Los dos nombres hacen referencia a un mismo grupo indígena. La confusión estriba en que uno lo usa el mismo grupo para autonombrarse (purépechas) y el otro el fue el asignado en la época de la conquista española (tarascos).

 

Si gustas acudir a un texto más amplio,donde las distinciones de los términos

se desarrolla con mayor argumentación y detalleacude a la dirección siguiente:

http://dieumsnh.qfb.umich.mx/histo_tarascos.htm

Fuente:

Carlos Paredes Martínes – Marta Terán (Coord.),  Autoridad y gobierno indígena en Michoacán, Morelia, Vol. I, El Colegio de Michoacán, Morelia 2003, pp. 80-90.