Recopilación: José López

San Agustín nació en Tagaste, ciudad de la provincia de África, el 13 de noviembre de 354. Se preparó a ser orador a través de su formación clásica. Desde el punto de vista religioso, sigue más las huellas de su padre, Patricio, todavía pagano, que las de su madre, Mónica, ferviente cristiana. Tuvo una infancia y adolescencia totalmente normales. Su vida fue una lucha y una conversión continuas, animadas por una inquietud sincera que le negó siempre el descanso.

Lo que domina en las narraciones de su experiencia transcrita en Las Confesiones (su autobiografía) es una incansable búsqueda de Dios. Lo vemos en su tiempo de adolescencia agitado en sus preocupaciones al grado de integrarse en una secta llamada «maniqueísmo» (fundada por el sabio persa Mani o Manes en el 215-276), donde permanecerá durante nueve años en el estado de «oyente».

Su carrera de retórica la desarrollará con normalidad. Primero enseña en Cartago y más tarde en Roma. En el 384 obtiene un puesto oficial como profesor de retórica en Milán, donde se entregaría más tarde al «escepticismo» y donde también descubre el «platonismo»[1].

Confirmado luego en al fe católica, se inflamó con el deseo ardiente de instruirse y progresar en el conocimiento de su religión. Dejó toda esperanza secular, sin buscar mujer, ni hijos, ni riquezas, ni honores mundanos, sino sólo servir a Dios con los suyos.

Tras haber sido ordenado presbítero, en enero de 391, compagina en adelante en vivir una vida monástica, que es indispensable para la búsqueda de Dios y la caridad pastoral. Y en el año 395, sin dejar de ser monje, es ordenado obispo… Como pastor fue arrastrado a los debates de su tiempo. Tuvo que hacer frente a los desafíos que amenazaban a la Iglesia, dando origen a su vocación de teólogo.

San Agustín tal vez sea el mayor de los Padres latinos o, sin duda alguna, el mayor de todos los Padres de la Iglesia. Fue heredero de toda la cultura y filosofía antigua y principal artífice de la elaboración en Occidente de una cultura y civilización cristianas. Asumió y cristianizó determinados temas platónicos (conocimiento por participación de la luz divina, sabiduría y contemplación, tiempo y eternidad).

La lucha contra el pelagianismo preocupó a Agustín desde el año 412 hasta el fin de sus días (cfr. De gratia Christi et de peccato originali). A una concepción enteramente humana y racionalista de la gracia opuso su experiencia del pecado (pecado original), de la gratuidad y de la omnipotencia de la gracia.

También San Agustín dio importancia a las cuestiones morales y ascéticas (virginidad y matrimonio); de él proviene la teología clásica acerca de los «bienes del matrimonio». Podemos decir sobre sus dos obras mayores: De Trinitate (400-416) es al mismo tiempo una exposición completa de la teología latina sobre la Trinidad y un ensayo para encontrar en la psicología humana una imagen de la Trinidad (conocimiento y amor, memoria, presencia y sabiduría. Sobre La ciudad de Dios (413-426) sabemos que es toda una teología del Estado y de la historia, de la inserción del reino de Dios en el mundo y de su necesaria distinción…[2]

En pocas palabras, la obra de San Agustín representa el esfuerzo más extraordinario de la fe: «inteligencia espiritual» que florece en sabiduría.

Vivió San Agustín 76 años, consagrando su larga vida por divina disposición a la utilidad y provecho de la Iglesia. En el año 430, el 28 de agosto, muere durante el sitio de la ciudad de Hipona por los vándalos.


[1] Santiago Sierra Rubio, Agustín de Hipona, Ciudad Nueva, Madrid 2007, pp. 13-18.

[2] Cfr. «Los padres y doctores de la Iglesia», en: http://www.elarcadenoe.org/patristica/padresydoctores.htm.