Emma Vieyra (Estudiante de Bachilleres)

                                             I

Cuando apenas se escuchaba hablar de Madero y se acrecentaban los rumores de una posible revuelta, en la hacienda de los Garza ella estaba acostada en la mesa de la cocina, porque si su madre no se atrevía a visitar a aquel lugar que consideraban «de criadas», mucho menos lo haría cualquier otro de la familia. Estaba bañada en sudor y sangre; no aguantaba el dolor, pero se tapaba la boca con las dos manos entre gemido y gemido para que no la descubrieran. Era Virginia Garza, una joven que estuvo a mi cuidado desde que nació y que era hija de un rico hacendado de Chihuahua, más desgraciado que adinerado; aunque he de aceptar que los humos se le bajaron desde que Pancho Villa saqueó su hacienda. La mamá era de esas que podría matar a sus propios hijos con tal de que no la dejaran en ridículo, así que ya se imaginarán el perjuicio que resultaría para la familia entera el que la hija menor, todavía no desposada, pariera una deshonra para quien sería su abuela.

Vino el primer pujido. Nada. Vino el segundo; se alcanzaba a ver ya una mano. En lo que daba el tercero, yo trataba de darle vueltas antes de sacarlo porque se me hacía que venía chueco, y así era; el bebé venía casi sentado.

Sentía que los dos se morían. Después de hora y media ya sólo trataba de salvar a la muchacha que para ese rato, lo más seguro era que el chamaco ya estuviera muerto. Logré sacarlo, lo limpié, lo puse sobre mi petate, envuelto en la mantita que le tejí a su madre cuando recién nació, y en todo ese tiempo nunca lloró. Me volteé para irme deshaciendo de las evidencias, cuando un estallido nos espantó a Virginia y a mí. De repente, así de la nada, aquel que creíamos muerto estaba más vivo que el fuego del horno y como si tuviera pecho de hombre, lloraba a más no poder.

Cuando la criatura se calmó en mi regazo, la yacente madre apenas levantó la cabeza y me dijo:

–¿Está bonito verdad?

–¡Precioso! –Le contesté.

Se levantó como pudo, tiró la ropa sucia a las brasas y, antes de salir, mientras se encontraba desnuda y recargada en la puerta, se encargó de darme lo más maravilloso que cualquiera me pudo haber ofrecido:

–Te lo regaló –susurró.

 

II

Pasaba el tiempo y mi niño crecía y crecía. Hasta que cumplió tres años, época en que Madero ya era presidente, se me ocurrió ponerle Gerardo, y eso porque me convencí de que era verdad lo que decía el general Vásquez, un ex militar que combatió con Días y Zaragoza y que después de mutilado en su última batalla decidió retirarse, quien además era mi vecino y un muy buen amigo:

–Si no le das un nombre ahora, a la gente le encantará ponerle apodos.

Y en realidad fue así, porque fácil podía yo contar como cincuenta sobrenombres con los que lo saludaban las personas de los puestos de la calle en que vivíamos. Sólo uno de esa infinidad de apelativos se me quedó grabado porque me gustó bastante, y digo «bastante» porque creo que lo describía tal cual a Gerardo. Un apodo que se le quedó por lo menos hasta la última vez que lo vi.

 

                                                         III

En el pueblo se vivía una calma aparente y aquel día se oyó el rumor de que De la Huerta iniciaba una rebelión armada en contra del entonces presidente Álvaro Obregón. Ese día Gerardo regresaba de vender la leche que desde temprano ordeñaba a cuatro vacas que teníamos (de las que sólo me resta una, a la que le puse Gertrudis, como mi madre, y que hasta ahora sigue siendo una excelente compañía).

Todo pintaba para ser un día de mercado como cualquier otro: la de las frutas se puso donde siempre, la vendedora de flores también, el carnicero cortaba tasajos con la misma agilidad e incluso el pordiosero seguía «maltocando» su guitarra. Yo observaba todo desde mi portón, sobre la misma mecedora en la que estoy sentada ahora.

De repente, sin que ninguno de los que estábamos ahí esa tarde los presintiera, unos seis hombres a caballo (cada uno con escopeta) abrieron fuego contra todo lo que se moviera. Fue horrible. La gente corría despavorida entre todas direcciones gritando: «¡Son revolucionarios!», y sin encontrar dónde esconderse, más que cubriéndose entre los puestos y usando como trinchera los cuerpos de los que habían caído. Gerardo vino corriendo inmediatamente a revisar que yo estuviera bien, aunque a ninguno de los dos nos dio tiempo siquiera de cerrar el portón. Mientras la balacera seguía, yo me deshacía en agradecerle al cielo porque estuviéramos sanos y salvos, hasta entonces.

Después del caos, pareció por un momento que todo volvería a la calma, cuando a Francisco (uno de los mejores amigos de Gerardo) le entró el pánico, y llegamos a ver desde mi casa, todavía pecho tierra, cómo se levantó de donde estaba guarecido y sólo corrió, corrió y corrió… Gerardo fue detrás de él, y yo detrás de Gerardo, hasta que vi el suelo y lo último que recuerdo fue a los matones cabalgando tras un chamaco desbocado por el terror y otro que en un principio intentó alcanzar al primero para calmarlo, pero cuando se dio cuenta ya también era presa de los otros.

 

IV

Me ardía muchísimo la pierna y cuando abrí los ojos estaba en mi recámara y puesta sobre mí las miradas del general Vásquez y de un muchachillo que en la vida había visto. Intenté incorporarme, pero el general me lo impidió para que no me volviera a brotar sangre de la pierna. Me habían dado un balazo y, cuando caí, golpeé mi cabeza contra el suelo; fue por eso que me desmayé.

Busqué con la vista a Gerardo, y desesperada pregunte por él. El general sólo me contestó que el muchacho que estaba allí presente era pastor de un pueblo vecino que alcanzó a oír reportes de la persecución y que precisamente lo llevaron para contarme lo que sabía. Me contuve lo más que pude para no abalanzarme sobre el joven y sacarle las palabras a cachetadas, pero sí lo apresuré para que hablara de una vez. Todo nervioso y entorpecido (no sé si por la presión) me dijo que escuchó a dos campesinos conversando y que uno le comentó al otro sobre la muerte de uno de los «prófugos» de los revolucionarios; según la misma fuente, el otro se salvó de puro milagro, gracias a que lo atendieron rápido.

–¡Pero bueno, chamaco! ¡Te exijo que me digas inmediatamente quién de los dos está muerto!

–¡Ah! Pues yo sólo escuché que al que habían plomeado era a un tal «Águila» y eso es todo.

Ese era el apodo de Gerardo.

Sentí que el mundo se me venía encima y apreté los ojos con fuerza. El general Vásquez agradeció al mensajero y lo despidió. Desde ese día jamás volví a salir de la casa.

 

V

Nunca lloré. Ni siquiera ahora, cuando se supone que la vejez la vuelve a una más sensible.

Yo juré que aquel niño, nacido en la cocina donde trabajaba su única y verdadera madre, iba a ser «alguien grande», que habría gente que viviera agradecida con él toda su vida, que me llenaría el pecho de orgullo al decir que era mi hijo; y en todo momento fue así, pero pude seguir diciéndolo por mucho tiempo más…

 

VI

Hace días que en la casa de Alfonsina Vásquez guardan luto. No imagino en honor a quien sea, porque ni cuerpo presente hay y nunca antes había visto a mi comadre llorar tanto desde que nuestros hijos jamás volvieron; uno por difunto y el otro tal vez por encontrar nuevos rumbos, si no es que buscando huir, pues me enteré de que Francisco era sobrino de Emilio Vázquez Gómez, espía y traidor de Madero. La verdad, no tengo ánimo siquiera para darle mis condolencias, así que mucho menos para preguntar por quién se desgarra de esa manera la garganta. Creo que esta desidia hasta nacional es porque incluso Ortiz Rubio (el presidente actual) le dio por renunciar al poder. Yo sólo sigo observando y esperando que la «señora Muerte» venga, me tome de la mano y pida que la acompañe. De paso también a mi vaca, para no dejarla sola… estoy tan acabada que ni yo misma me reconozco.

¡Miren! ¡Pero qué casualidad! Creo que ahí viene. ¿Quién se imaginaría que tiene forma de hombre y además guapo? ¡No! ¿A poco cumple tus últimos deseos y me veo yo tan urgida? Ja, ja, ja. Bueno… pues ya es hora…

–Sí, dígame… ¿Qué se le ofrece?

–¿Se encontrará doña Elena, la dueña de esta casa?

–¿Quién la busca?

–Pues «El Águila», bien que lo debe de saber… ¿O ya no me recuerda?