octubre 2011


Texto y fotografías por:

Alejandro Vargas Sánchez

    

Son varias las historias que nos han contado nuestros padres y abuelos sobre «el Cristo de Ucareo», pero en realidad nunca se han realizado estudios exactos sobre sus orígenes, autoría o procedencia. Si bien, no es exacto datar la llegada del Cristo al templo de Ucareo con anterioridad o posteridad al incendio ocurrido a principios del siglo XVIII.

Alguna de las versiones sobre los orígenes de este Cristo es la que supone que llegó de España. Otra es la de los que aseguran que el autor del «Cristo de Araró» es el mismo que el de los cristos de Santiago Puriatzícuaro y Ucareo.

Durante la época colonial, en tiempos de las pestes y plagas, se tenía la costumbre de sacar en procesiones a las imágenes religiosas con el objetivo de asegurar el bienestar social mediante la protección divina. Por desgracia, después de las reformas a la Iglesia Católica en los tiempos del presidente Juárez y Lerdo de Tejada, se prohibió llevar a cabo procesiones fuera de los atrios de los templos, provocando el abandono de las procesiones con imágenes religiosas como lo había sido anteriormente.

En el caso de Ucareo, la devoción hacia «El Cristo de la paz y el perdón» tomó fuerza a finales del siglo XIX, cuando el pueblo padecía desastres sísmicos (se llegaron a registrar 970 temblores entre los meses de octubre de 1872 a enero de 1873). Los testimonios dan cuenta de familias que se iniciaban en una intensa práctica de oraciones a favor de la paz y tranquilidad. Una gran cantidad de personas, refugiadas en el interior del templo, oraban por las noches ante la imagen del Santo Cristo pidiendo auxilio a sus necesidades y solicitando el bienestar de los habitantes de Ucareo. La catástrofe había ocasionado el derrumbe de una gran cantidad de casas, al grado de que el pueblo se vio socorrido por entidades de la capital del país y la cabecera del Distrito de Zinapécuaro.

Otro tanto fue lo que sucedió durante la guerra de Revolución (1910) cuando, con la llegada del «bandolerismo», Ucareo padeció de robos, saqueos y muertes por parte de los «villistas». Y aunado a esto, la gripe española asolaba gran parte del Estado de Michoacán (entre los años 1917 a 1919). Situaciones todas que provocaron una mayor devoción al «Cristo del perdón». La fe de los pobladores descansaba en la protección de esta imagen que les traía paz y confianza en la divinidad.

Hasta el día de hoy permanece la devoción hacia el «Cristo de la paz y el perdón» (conocido también como «El Señor de Ucareo»). La religiosidad popular de los habitantes del pueblo se expresa concretamente en las precesiones y ceremonias a favor de la imagen. Incluso, los primeros días de noviembre del año en curso, la gente saldrá a las calles en procesión con la imagen del Cristo con el motivo de festejar los 456 años de la fundación del «ex convento agustino de Ucareo».

El tema del Ejido de Ucareo está íntimamente vinculado a la tenencia de la tierra en la región y se remonta hasta la prehispandad. A la llegada de los españoles a la región de Ucareo, los únicos dueños de las tierras eran los naturales, quienes las disfrutaban con todos los derechos.

La Conquista trajo un nuevo orden jurídico y de relaciones de producción. Al mismo tiempo que tenía lugar la evangelización aparecieron los «encomenderos» y luego las haciendas clericales y de particulares. Ucareo, desde principios de la Colonia, contó con el beneficio de la llamada «comunidad indígena», es decir, el rey de España –como soberano de los territorios de su reino, incluyendo los de la Nueva España– otorgaba a los indios una determinada superficie de tierra de la cual podían beneficiarse para su sostenimiento y el de sus familias. Esta extensión de tierra se llamó «fondo legal».

Durante la Colonia y en el México independiente se fortalecieron las haciendas de particulares a costa de las tierras comunales. Un ejemplo de ello fue la Hacienda de la Trasquila que se apropió de los parajes denominados «Mesa de los Magueyes» y «El Cerro del Piloncillo».

El Ejido de Ucareo es producto del valor y el arrojo de los habitantes del pueblo. Las tierras en las que se asienta este ejido formaban parte de la «Hacienda de San Joaquín Jaripeo», localizada a unos cuantos kilómetros del pueblo. Los peones de la hacienda, cansados de las malas condiciones, tales como la nula movilidad de los puestos de trabajo y el endeudamiento fomentado por las «Tiendas de Raya», decidieron organizarse y reclamar las tierras que trabajaban. Entre los organizadores de este movimiento estaban Pedro, Trinidad y Rafael Farfán; José, Disidoro y Refugio Parrales; Rafael, Salvador, José y Trinidad Ayala; Francisco Pacindo, Luciano Morales y muchos más que se escapan a esta lista. El líder nato de este movimiento era Rafael Farfán.

En la población hubo un destacamento militar, que se asentó en las instalaciones de la escuela primaria. La lucha por el Ejido de Ucareo fue larga y sangrienta.

Cuando los trabajadores de la Hacienda de San Joaquín Jaripeo reclamaron las tierras, Jesús Acuña, dueño de la hacienda, conformó un ejército al que le daría el nombre de «Las guardias blancas» y que en la región fueron conocidos como «los rebeldes», comandados por «La Conchita».

La actividad de los rebeldes no se limitó a cuidar las tierras de la hacienda, sino que atacaron y asesinaron a trabajadores que reclamaban tierras. «Las guardias blancas» sembraron el terror y la inseguridad entre los ucarenses. Así fue, por ejemplo, cuando secuestraron a Don Irineo Heredia y aceptaron no colgarlo del cuello (ahorcarlo) a cambio de dinero.

Las gestiones para el Ejido habían iniciado el 28 de septiembre de 1915, cuando los pobladores de Ucareo solicitaron tierra al gobierno del Estado por la vía de dotación y restitución. Las haciendas afectadas serían «Andocutín», «San Joaquín Jaripeo» y «San Antonio», así como el pueblo de Acámbaro, lugar donde nacía el agua para el abastecimiento de la población. En ese año, según el Censo General Agrario, Ucareo contaba con 206 jefes de familia.

El 19 de julio de 1926 se emitió un dictamen positivo al pueblo: le corresponderían 2,774 hectáreas. El día 30 del mismo mes, el gobernador emitió la resolución provisional en la cual ratificó la superficie acordada, pero se negó a los trámites de restitución.

El 30 de mayo de 1929 se emitió una resolución presidencial de dotación y restitución de tierras al pueblo de Ucareo, sumando 1868 hectáreas y la reposición del rancho «El Tocuz» (para este último, los días 14 y 15 de octubre del mismo año, se tomó posesión de 208 hectáreas restituidas a su propiedad).

 Tomado de: Soto Núñez, Sergio, Ucareo. Cuna de la provincia agustina de Michoacán, 2007.

 

José López

 

«Si él no se hubiera ido pal’ otro lado,

no hubiéramos podido estudiar,

no tuviéramos casa,

ni contar con un vehículo para trabajar»…

 

La migración mexicana a los Estado Unidos es un proceso centenario, masivo y unidireccional entre países vecinos. A finales del siglo XIX, cuando el ferrocarril mexicano llegó a Paso del Norte, hoy Ciudad Juárez, en el estado de Chihuahua, se selló una alianza perdurable entre la demanda de trabajadores por parte de Estados Unidos y la oferta de mano de obra barata por parte de México. Desde ese lejano 1884 no ha habido un día en que un mexicano haya dejado de pasar por la frontera norte en busca de empleo en esa economía norteamericana, casi siempre tan dinámica y demandante de trabajadores. El mismo camino lo han recorrido, millones de veces, los migrantes en dirección inversa o, como ellos dicen, volver «pa’ tras», es decir para regresar al terruño a sanar las heridas y descansar del arduo trabajo junto al calor añorado del «comal», y ¿por qué no? de su nueva casa.

Un sin fin de pueblos y rancherías mexicanos han sido impactados por la migración a los Estados Unidos, y las manifestaciones de dicho fenómeno se pueden contemplar en una bastedad de elementos. Pero uno sólo es el que nos interesa en este artículo: «la construcción y la recreación de casas».

La arquitectura de nuestros hogares se ha modificado demasiado sobre todo en los últimos decenios. En ella se alcanza a reflejar la larga trayectoria de la migración. Se advierte el insipiente desuso y abandono de casas y negocios y, en la misma forma, se vive todavía la preocupación, el interés por mejorar y construir nuevas viviendas y espacios en los lugares de origen de los migrantes.

Hasta ahora no es necesario reunir a fotógrafos, arquitectos o antropólogos para «mirar» un cambio social contemporáneo. Un cambio que, de flujo humano clandestino pasó a constatarse en su evidencia dramática y que ahora es proyector de visibilidad arquitectónica en los esfuerzos por construir aspiraciones habitacionales.

Al fenómeno que estamos tratando muchos le llaman «la arquitectura de remesas». Aquella que se caracteriza por su particularidad en «estilos» y «no estilos». Es el proceso de negociación entre migrante-proveedor-diseñador-constructor, donde se funden el deseo de lo visto en el exterior.

La «arquitectura de remesas» es visible por su propio esfuerzo. Ahí está, y quien la busca la encuentra. Es incluso más visible en el campo que en la ciudad. Es la medida del éxito de un drama social extenso. Se le mira porque se destaca como narración comunitaria de experiencias o como expresión individual en su afán por distinguirse de sus iguales.

En municipios, pueblos, rancherías o, incluso, en el mismo pueblo de Ucareo, se puede constatar la trama de los migrantes mediante los lugares que se transforman. El dinero destinado a la vivienda, al comercio y al consumo impacta y transmuta los pueblos en ciudades microscópicas o impone un estilo sin ciudad. La «arquitectura de las remesas» coopera a esta imagen de crecimiento desordenado, de ciudad no planeada. La gente construye donde puede y como quiere. El límite lo impone, primero, el tamaño del lote, lo construido en su interior y las condiciones de propiedad. Se sigue la lógica impuesta por la histórica degradación campesina.

Las construcciones combinan la necesidad de actuar en el espacio, de demostrar las aspiraciones de fugarse de la pobreza, de mantener viejos hábitos o formas de ver y vivir, así como alcanzar funcionalidades modernas. Y esto no es nada vano: la arquitectura contemporánea y el proceso de urbanización han venido acompañados de modificaciones culturales importantes y de apegos a la modernidad: las casas de cemento, un exacerbado mercantilismo y consumo de servicios múltiples, la dominante tecnología de la comunicación, la extensa violencia social y «el miedo» como cultura global…

Sin duda nuestros paisajes se modifican profundamente, y rompen el romanticismo y la visión folklórica de la arquitectura mexicana. El «mundo mestizo ucarense» y de otras regiones o pueblos mexicanos se aferra a modernidades y adaptaciones culturales primermundistas. La hibridez arquitectónica (entre otras más) es obvia como muchos migrantes presumen. El choque entre lo nacional y lo extranjero, entre la creatividad propia y la imitación, entre lo tradicional y lo moderno… aparece justificado en controversias que no deben darse: en el debate entre cultura alta y baja, entre cultura sofisticada y simple, entre cultura de élite y cultura popular, entre cultura tradicional y cultura tecnológica… Una interminable discusión de opiniones prejuiciosas…

No obstante, el motivo de esta reflexión no es para apoyar lo tradicional y degradar los productos de remesas, o viceversa. Ambos tienen suficientes argumentos que les respaldan. Lo agradable es reconocer el esfuerzo de personas que construyen sus hogares y salen de los avatares de la vida apoyados en un drama social. Los logros que se adquieren mediante las remesas es un asunto de dignidad. Pero abramos nuestra mente al fenómeno y recorrámoslo con los ojos de la cultura y de la vida social. Es una invitación que se hace a nuestros lectores a «conocer viendo» eso que nos rodea y que nos es cercano.

 

Si se quiere profundizar este fenómenos se sugiere acudir al texto:

Centro Cultural de España, Arquitectura de remesas, agosto 2011.