José López

 

«Si él no se hubiera ido pal’ otro lado,

no hubiéramos podido estudiar,

no tuviéramos casa,

ni contar con un vehículo para trabajar»…

 

La migración mexicana a los Estado Unidos es un proceso centenario, masivo y unidireccional entre países vecinos. A finales del siglo XIX, cuando el ferrocarril mexicano llegó a Paso del Norte, hoy Ciudad Juárez, en el estado de Chihuahua, se selló una alianza perdurable entre la demanda de trabajadores por parte de Estados Unidos y la oferta de mano de obra barata por parte de México. Desde ese lejano 1884 no ha habido un día en que un mexicano haya dejado de pasar por la frontera norte en busca de empleo en esa economía norteamericana, casi siempre tan dinámica y demandante de trabajadores. El mismo camino lo han recorrido, millones de veces, los migrantes en dirección inversa o, como ellos dicen, volver «pa’ tras», es decir para regresar al terruño a sanar las heridas y descansar del arduo trabajo junto al calor añorado del «comal», y ¿por qué no? de su nueva casa.

Un sin fin de pueblos y rancherías mexicanos han sido impactados por la migración a los Estados Unidos, y las manifestaciones de dicho fenómeno se pueden contemplar en una bastedad de elementos. Pero uno sólo es el que nos interesa en este artículo: «la construcción y la recreación de casas».

La arquitectura de nuestros hogares se ha modificado demasiado sobre todo en los últimos decenios. En ella se alcanza a reflejar la larga trayectoria de la migración. Se advierte el insipiente desuso y abandono de casas y negocios y, en la misma forma, se vive todavía la preocupación, el interés por mejorar y construir nuevas viviendas y espacios en los lugares de origen de los migrantes.

Hasta ahora no es necesario reunir a fotógrafos, arquitectos o antropólogos para «mirar» un cambio social contemporáneo. Un cambio que, de flujo humano clandestino pasó a constatarse en su evidencia dramática y que ahora es proyector de visibilidad arquitectónica en los esfuerzos por construir aspiraciones habitacionales.

Al fenómeno que estamos tratando muchos le llaman «la arquitectura de remesas». Aquella que se caracteriza por su particularidad en «estilos» y «no estilos». Es el proceso de negociación entre migrante-proveedor-diseñador-constructor, donde se funden el deseo de lo visto en el exterior.

La «arquitectura de remesas» es visible por su propio esfuerzo. Ahí está, y quien la busca la encuentra. Es incluso más visible en el campo que en la ciudad. Es la medida del éxito de un drama social extenso. Se le mira porque se destaca como narración comunitaria de experiencias o como expresión individual en su afán por distinguirse de sus iguales.

En municipios, pueblos, rancherías o, incluso, en el mismo pueblo de Ucareo, se puede constatar la trama de los migrantes mediante los lugares que se transforman. El dinero destinado a la vivienda, al comercio y al consumo impacta y transmuta los pueblos en ciudades microscópicas o impone un estilo sin ciudad. La «arquitectura de las remesas» coopera a esta imagen de crecimiento desordenado, de ciudad no planeada. La gente construye donde puede y como quiere. El límite lo impone, primero, el tamaño del lote, lo construido en su interior y las condiciones de propiedad. Se sigue la lógica impuesta por la histórica degradación campesina.

Las construcciones combinan la necesidad de actuar en el espacio, de demostrar las aspiraciones de fugarse de la pobreza, de mantener viejos hábitos o formas de ver y vivir, así como alcanzar funcionalidades modernas. Y esto no es nada vano: la arquitectura contemporánea y el proceso de urbanización han venido acompañados de modificaciones culturales importantes y de apegos a la modernidad: las casas de cemento, un exacerbado mercantilismo y consumo de servicios múltiples, la dominante tecnología de la comunicación, la extensa violencia social y «el miedo» como cultura global…

Sin duda nuestros paisajes se modifican profundamente, y rompen el romanticismo y la visión folklórica de la arquitectura mexicana. El «mundo mestizo ucarense» y de otras regiones o pueblos mexicanos se aferra a modernidades y adaptaciones culturales primermundistas. La hibridez arquitectónica (entre otras más) es obvia como muchos migrantes presumen. El choque entre lo nacional y lo extranjero, entre la creatividad propia y la imitación, entre lo tradicional y lo moderno… aparece justificado en controversias que no deben darse: en el debate entre cultura alta y baja, entre cultura sofisticada y simple, entre cultura de élite y cultura popular, entre cultura tradicional y cultura tecnológica… Una interminable discusión de opiniones prejuiciosas…

No obstante, el motivo de esta reflexión no es para apoyar lo tradicional y degradar los productos de remesas, o viceversa. Ambos tienen suficientes argumentos que les respaldan. Lo agradable es reconocer el esfuerzo de personas que construyen sus hogares y salen de los avatares de la vida apoyados en un drama social. Los logros que se adquieren mediante las remesas es un asunto de dignidad. Pero abramos nuestra mente al fenómeno y recorrámoslo con los ojos de la cultura y de la vida social. Es una invitación que se hace a nuestros lectores a «conocer viendo» eso que nos rodea y que nos es cercano.

 

Si se quiere profundizar este fenómenos se sugiere acudir al texto:

Centro Cultural de España, Arquitectura de remesas, agosto 2011.