El tema del Ejido de Ucareo está íntimamente vinculado a la tenencia de la tierra en la región y se remonta hasta la prehispandad. A la llegada de los españoles a la región de Ucareo, los únicos dueños de las tierras eran los naturales, quienes las disfrutaban con todos los derechos.

La Conquista trajo un nuevo orden jurídico y de relaciones de producción. Al mismo tiempo que tenía lugar la evangelización aparecieron los «encomenderos» y luego las haciendas clericales y de particulares. Ucareo, desde principios de la Colonia, contó con el beneficio de la llamada «comunidad indígena», es decir, el rey de España –como soberano de los territorios de su reino, incluyendo los de la Nueva España– otorgaba a los indios una determinada superficie de tierra de la cual podían beneficiarse para su sostenimiento y el de sus familias. Esta extensión de tierra se llamó «fondo legal».

Durante la Colonia y en el México independiente se fortalecieron las haciendas de particulares a costa de las tierras comunales. Un ejemplo de ello fue la Hacienda de la Trasquila que se apropió de los parajes denominados «Mesa de los Magueyes» y «El Cerro del Piloncillo».

El Ejido de Ucareo es producto del valor y el arrojo de los habitantes del pueblo. Las tierras en las que se asienta este ejido formaban parte de la «Hacienda de San Joaquín Jaripeo», localizada a unos cuantos kilómetros del pueblo. Los peones de la hacienda, cansados de las malas condiciones, tales como la nula movilidad de los puestos de trabajo y el endeudamiento fomentado por las «Tiendas de Raya», decidieron organizarse y reclamar las tierras que trabajaban. Entre los organizadores de este movimiento estaban Pedro, Trinidad y Rafael Farfán; José, Disidoro y Refugio Parrales; Rafael, Salvador, José y Trinidad Ayala; Francisco Pacindo, Luciano Morales y muchos más que se escapan a esta lista. El líder nato de este movimiento era Rafael Farfán.

En la población hubo un destacamento militar, que se asentó en las instalaciones de la escuela primaria. La lucha por el Ejido de Ucareo fue larga y sangrienta.

Cuando los trabajadores de la Hacienda de San Joaquín Jaripeo reclamaron las tierras, Jesús Acuña, dueño de la hacienda, conformó un ejército al que le daría el nombre de «Las guardias blancas» y que en la región fueron conocidos como «los rebeldes», comandados por «La Conchita».

La actividad de los rebeldes no se limitó a cuidar las tierras de la hacienda, sino que atacaron y asesinaron a trabajadores que reclamaban tierras. «Las guardias blancas» sembraron el terror y la inseguridad entre los ucarenses. Así fue, por ejemplo, cuando secuestraron a Don Irineo Heredia y aceptaron no colgarlo del cuello (ahorcarlo) a cambio de dinero.

Las gestiones para el Ejido habían iniciado el 28 de septiembre de 1915, cuando los pobladores de Ucareo solicitaron tierra al gobierno del Estado por la vía de dotación y restitución. Las haciendas afectadas serían «Andocutín», «San Joaquín Jaripeo» y «San Antonio», así como el pueblo de Acámbaro, lugar donde nacía el agua para el abastecimiento de la población. En ese año, según el Censo General Agrario, Ucareo contaba con 206 jefes de familia.

El 19 de julio de 1926 se emitió un dictamen positivo al pueblo: le corresponderían 2,774 hectáreas. El día 30 del mismo mes, el gobernador emitió la resolución provisional en la cual ratificó la superficie acordada, pero se negó a los trámites de restitución.

El 30 de mayo de 1929 se emitió una resolución presidencial de dotación y restitución de tierras al pueblo de Ucareo, sumando 1868 hectáreas y la reposición del rancho «El Tocuz» (para este último, los días 14 y 15 de octubre del mismo año, se tomó posesión de 208 hectáreas restituidas a su propiedad).

 Tomado de: Soto Núñez, Sergio, Ucareo. Cuna de la provincia agustina de Michoacán, 2007.