Existe en las Indias Occidentales de la Nueva España un reino que, confinado por el poniente y sur con el mar Pacífico, parte sus términos con el poderoso imperio azteca hacia el oriente. Lo habita una raza denominada tarasca por los hispanos: «Una de las siete que, según los mapas indianos, vinieron del norte». La abundancia de las aguas depositadas en muchos y muy hermosos lagos, la lozanía de sus frutas, la variedad de sus peces y lo delicioso de su clima invitaron a estos seres a quedarse en aquel lugar.

Los hombres de este reino siempre han gozado fama de valientes guerreros. El poderoso imperio azteca que a tantos pueblos sometió a su yugo, no logró doblegar la cerviz de los tarascos.

Una cultura netamente original, una organización especial (siempre en grupos consanguíneos), una lengua propia, constituyen la personalidad de este pueblo insigne. Todos obedecen y reverencian al rey cuyo poderío puede competir con el del monarca azteca. Caza, pesca, agricultura –aunque muy rudimentaria– forman sus habituales ocupaciones. Tienen de común con las demás razas prehispánicas los sacrificios y las variadas ceremonias que constituyen su culto idolátrico. Aunque retrasados artísticamente en la agricultura y escultura, sobresalen como hábiles artistas en el arte de adorno y en el de la plumajería, ejecutando maravillosos mosaicos policromos.

Su historia perdida en los confines del mito y la leyenda, anota una larga serie de poderosos reyes. El último, Tzintzincha, considerando causa común la defensa de Anáhuac contra las huestes del Conquistador, se prepara a enviar guerreros al rey azteca. Pero al momento cambia súbitamente sus planes: se excusa cortésmente ante Moctezuma de haber suspendido el auxilio y se ofrece voluntariamente a la obediencia del Emperador Hispano y a la profesión del cristianismo. Más tarde, establecido el Conquistador en la capital de México, va el Caltzontzi en persona a saludarle, y le pide ministros que adoctrinen a sus vasallos y él mismo recibe las aguas bautismales.

Muy pronto un acontecimiento inesperado viene a comprometer la adhesión de los tarascos a la Corona española: Nuño de Guzmán, presidente de la Primera Audiencia, sanguinario y codicioso, que pretende conquistar para sí el norte de las nuevas tierras y lanzarse a la ejecución de su propósito al pasar por Michoacán. Comete en las tierras tarascas las más horribles injusticias y los más criminales atropellos. Da muerte inhumana al rey tarasco; hace padecer tormentos a sus familiares; vende indios como esclavos valiéndose de mentidos pretextos; desaprueba la comarca haciendo que sus habitantes huyan por los montes; desahoga su odio contra los naturales matando a todos los que se encuentran indefensos.

La mudanza de los indios llega a tal grado, que los religiosos que los enseñan tienen que dejarlos por dos veces «en derramamiento por los despoblados, sin alcance alguno y sin remedio». Con esto quedaba la provincia perdida para Dios y para el rey tarasco su frustrado intento de alianza.

Este es Michoacán. Que la noticia llegue hasta el mismo emperador y le conmueva la injusticia y la violencia de que son víctimas los naturales para que envíe magistrados dignos que sustituyan a los que con su proceder llenan de baldón el nombre de España.

Fragmento que relata la situación de Michoacán a la llegada de los españoles, s. XVI