En Michoacán impresiona la vegetación. Hay mucha agua. Quizá fue esa misma frescura, esa riqueza la que animó a un grupo de conquistadores independientes, al parecer de filiación nahua, los vacúsechas o águilas, guanaxecos o purépechas, a asentarse en tierras de la identidad, a derramar su poesía descriptiva en la nomenclatura que le caracteriza: Tzintzuntzan, “lugar de colibríes” en la ribera del lago de Pátzcuaro, “puerta del cielo”, fundada por Curatame en 1324. Asiento que, reconstruido, Tariácuri convirtió en capital en 1364.

Los purépechas construyeron una terraza artificial, flanqueada por una colina, y sobre ella levantaron magnas edificaciones piramidales redondeadas -templos y yácatas- desde las cuales sus contemporáneos pudieron adorar a los dioses, al tiempo que gozaban del privilegio del panorama del lago; el enfoque permitió que arquitectos y escultores diesen ancha rienda a la imaginación y se solazaran con la piedra y la madera. No fueron casuales los muchos artesanos que manufacturaron joyería en obsidiana y oro o las pipas de terracota en las cuales los nativos acostumbraban fumar tabaco fuerte; los alfareros que igual torneaban vajillas de un barro tan verde como los campos fértiles o pinzas especiales para depilar el cuerpo, lampiña señal de señorío.

La vastedad acuática del estado, que alberga peces blancos, charales, jumiles, acociles, ranas, lo hizo, a la vez, punto crucial en las rutas migratorias de patos y otros volátiles y sitio de reunión de una interminable variedad de aves. En las riveras de corrientes y depósitos líquidos eran frecuentes los coyotes, zorros, pumas y mapaches, en tanto que otras especies -iguanas y armadillos-, por ejemplo, se observaban cautamente.

El ambiente lacustre en el que los hombres basaron su sustento, como centro de cultura, hizo que los pueblos indígenas del Altiplano los llamaran “michuaque”, es decir, “los que tienen pescado”.

Un modo de vida singular irradiaban e irradian lagos y lagunas; su manera de expresarse es distinta y bella. Valga pensar en la canoa, labrada en ricas maderas, que a la luz del amanecer se viste de mariposa y sale a pescar. Luego, el pequeño pez de la captura puede adoptar cien vestimentas; a veces cubrirse con el envoltorio de un tamal y enjoyarse con epazote para servir a un gran señor, en un platón revestido de cobre.

El arte plumario nativo es de sobra reconocido por sus méritos: adornó mujeres, hogares y mesas, sirvió como moneda, como ofrenda, como tributo. Y el mester culinario se distinguió igualmente; baste citar las muchas clases de hongos que aún se acompañan con maíz, tomate, calabaza y chile verde, en crudo o cocidos en cazuela de barro; el conejo, la tórtola y el doral, sancochados en aguamiel y envueltos en hojas de maguey para ser cocidos entre piedras, o las muchísimas verduras del huerto michoacano, saboreadas en bien talladas cucharas de madera.

A pesar de la abundancia, el purépecha fue siempre parco: comía para vivir, y vivía rodeado por la belleza de su arte que hacía refulgir en bellos metales, maderas, plumas y barro. Atrapaba a la naturaleza en variadas formas y en cien colores y la expresaba en vestidos, joyas, jícaras, cucharas, platones…

A la llegada de los españoles, al mando de Cristobal de Olid, en 1522, no hubo choques. Fue en 1529, tras de que Nuño de Guzmán había torturado y asesinado al señor de los purépechas, cuando aquel pueblo indignado recibió al obispo Vasco de Quiroga.

El admirable Tata Vasco, auténtico creador de culturas y estirpes, fundó los “pueblos-hospitales” que todavía perduran, y entre otras muchas aportaciones impulsó la construcción de claustros, como el de las monjas dominicas, en cuyas cocinas seguramente se llevó a cabo el mestizaje del maíz y el trigo; el encuentro de la leche, el huevo y la mantequilla con el amaranto; la fruta se cubrió con azucar, pasas, nueces, almendras, nacieron licores y bebidas suaves, el agua obispal, el licor de santo; se consumó, pues la gran transformación con la que nació la cocina en México.

Continuará…

Tomado de:

CONACULTA, “La cocina familiar en el Estado de Michoacán”,

Oceano, México 2000.