abril 2012


José López

             Cuando me llega la nostalgia, suelen cruzar por mi mente aquellas tradiciones que en mi niñez me llenaban de entusiasmo. Me refiero al gran “legado lúdico”, al listado de juegos de infancia, que conformaban parte de del “folklore” de nuestro pueblo. Tal vez ya no recuerden esta basta herencia que nos dejaron nuestros predecesores, pues los tiempos han cambiado y junto a ellos también las maneras de divertirnos y de convivir. Sin embargo es bueno, de vez en cuando, hacer un recuento de las tradiciones que han ido estructurando nuestra identidad.

Recordemos, por ejemplo, los cantos que niños y niñas entonábamos en momentos de juego. Cantos que han sido una herencia de la cultura hispana y llegaron a tierras mexicanas desde tiempos de la Conquista. He allí el tan conocido “Víbora de la mar” que, más allá de una mera copla, era origen de la algarabía de aquellas tardes veraniegas en Ucareo:

A la víbora, víbora de la mar,

por aquí pueden pasar

los de adelante corren mucho

y los de atrás se quedarán.

Una mexicana que fruta vendía:

ciruela, chabacano, limón o sandía,

¿será melón, será sandía?

¿será la vieja del otro día?…

O tal vez pudieran recordar cuando las niñas —por lo regular— cantaban en la escuela o en la plaza, el conocido “Matarilerileró”:

¿Qué quiere usted? matarilerileró.

Yo quiero un paje.

Escoja usted.

Escojo a usted.

¿Qué oficio le pondremos?

Le pondremos lavandera.

Ese oficio no le gusta […] matarilerileró…

Había cantos que, siguiendo el desarrollo natural de los niños, se adaptaban a los modos de arrullo o coplas de nana, como aquel que dice: “Tengo manita, no tengo manita, porque la tengo desconchabadita”… Incluso, existían los cánticos de Navidad, los de feria o los escolares.

Iba por un caminito

y me encontré un peralito.

Le aventé muchas pedradas,

calleron tejocotes.

Salió el dueño de las peras,

me dio un garrotazo.

Me salió sangre de un pie,

y el dulce de las ciruelas

ni siquiera lo probé,

hay, hay, hay, ¡qué dulce es!

Y más allá de los cantos, recurríamos con frecuencia a los cuentos de nunca acabar, a los romancillos, a las historias de terror o mentiras infantiles que, por lo general, nos acompañaron en nuestro desarrollo de infantes.

Yo tenía diez perritos

y uno se cayó en la nieve

ya nomás me quedan nueve…”

“—Señora Santa Ana, ¿por qué llora el niño?

Por una manzana que se le ha perdido.

Si llora por una, yo le daré dos

una para el niño y otra para vos”…

Recuerdo que, por lo general, nuestro pueblo vivía en un ambiente de alegría y buen humor, haciendo uso del gran elenco de formas que son herencia popular para infantiles y que expresaban los más diversos estados de ánimo.

Por otro lado, y más allá del ámbito coplero, los niños de aquel entonces solían poseer una variedad de juguetes que, incluyendo el factor entretenimiento, servían para educar y desarrollar la capacidad creadora. La mayoría de estos juguetes se realizaban en el seno de la familia, con el uso de materiales sencillos y mediante objetos rudimentarios… Eran juguetes tradicionales que nos divertían en exceso: el balanceo del trompo, las partidas de canicas, el dominio del balero o el elevamiento y equilibrio en el aire del papalote.

Había, además, otras formas lúdicas que manifestaban un mayor carácter de participación: el juego de “la botella”, “el brincar la cuerda”, “el burro castigado”, “la chinche al agua”, “el cuadrito”, “los encantados”, “las escondidas” (escondidillas), “la roña” (tú las traes), “el piedra, papel y tijera”, “las piñatas”, “el resorte”, “robar la pareja”, “stop”, etc.

Todo este mundo estaba al alcance de los niños. Y ello determinó el carácter de nuestro pasado, tendiendo a preservar —eso espero—, de generación en generación, las características, las costumbres, artes, oficios, leyendas y tradiciones que poseemos. Ahora bien, desde tu experiencia, ¿qué opinas al respecto? ¿Tú a qué jugabas?

“Ni amor recomenzado

ni chocolate recalentado”

           Desayuno y merienda, comida y cena. Michoacán todo se aroma de dulces o panes y de espumoso chocolate. ¡Chocolate de metate molido en casa, oloroso a canela, sopeado en la intimidad del hogar con rosquillas doradas de manteca; chocolate tomado a sorbos pequeños, a la hora clásica de la merienda…

En el recetario familiar michoacano también se halla la nativa sabiduría del maíz para fabricar golosinas. ¿Qué tal unos tamales de zarzamora? ¿O unos “huchepos” de nata y azúcar? Si no los hubiere, seguramente se podrá preguntar por unas gorditas de maíz tierno.

También son de elote las recetas siguientes: el pastel lleva huevos, mantequilla, harina de arroz, azúcar, crema; la torta, a su vez, se prepara con ingredientes parecidos: mantequilla o nata, azúcar y huevos, y se añade el pizpireto toque de canela.

Otras delicadezas de repostería: ahora con harina de trigo. Sensacional la propuesta de pan de nata, con su punto de vainilla y limón; inolvidable la fórmula de las ricas cemas –llamadas también semas o semitas– pan mexicano o popular, y de nostalgia europea el pan de nueces que se nacionaliza con la vainilla. Tres panes que son una bendición y están llenos de indulgencias. En la santa vía que transita de los panes a los dulces, toma su lugar una sugerencia notable: la de una “capirotada”, golosina nacional que aquí se presenta en una apetitosa rosqueta, casi como una aureola del buen comer. No hay que olvidar, sin embargo, la “corona del rey”. Es de gran peso, pues está llena de almendras, nueces y pasas, pero por fortuna se sirve en rebanadas y, ciertamente, mientras se mordisquea, el paladar se beatifica. Repiquen campanillas. Arrobos y párrafo separado para los chongos zamoranos. Transformación de la leche en místico manjar.

Más terrenal, el “condumbio”  de cacahuates que es golosina crujiente. Este dulce lego está rodeado siempre de chiquillería. También la buena cocada que se imprime acto continuo, aunque ella recuerda más bien las altiveces de una monja con su nívea presencia y su consistencia firme, pero nunca tan ruda como la del hermano condumbio.

Y sabiendo que se develan secretos conventuales entre estos postres, ¿qué tal tomar de su cocina la receta para unas “peras prensadas”? Formidable proceso que las adorna para el siglo que con tanta gracia que, tras envolverlas con papel encerado y luego papel estaño, les deja el tallito para rematar la envoltura. ¿O el secreto del “ate de membrillo”? Pocas frutas logran, luego de renunciar a sí mismas, la consagración de una pasta semejante.

¡Sabores etéreos que se atraen, cotidianamente, a la vida ordinaria! Reconocidos en mesas tan variadas del pueblo michoacano que, en el desayuno, se engalanan con el espeso champurrado y, en la merienda, con espumoso y humeante chocolate, a veces sustituido por las tersas suavidades del rompope moreliano.