“Ni amor recomenzado

ni chocolate recalentado”

           Desayuno y merienda, comida y cena. Michoacán todo se aroma de dulces o panes y de espumoso chocolate. ¡Chocolate de metate molido en casa, oloroso a canela, sopeado en la intimidad del hogar con rosquillas doradas de manteca; chocolate tomado a sorbos pequeños, a la hora clásica de la merienda…

En el recetario familiar michoacano también se halla la nativa sabiduría del maíz para fabricar golosinas. ¿Qué tal unos tamales de zarzamora? ¿O unos “huchepos” de nata y azúcar? Si no los hubiere, seguramente se podrá preguntar por unas gorditas de maíz tierno.

También son de elote las recetas siguientes: el pastel lleva huevos, mantequilla, harina de arroz, azúcar, crema; la torta, a su vez, se prepara con ingredientes parecidos: mantequilla o nata, azúcar y huevos, y se añade el pizpireto toque de canela.

Otras delicadezas de repostería: ahora con harina de trigo. Sensacional la propuesta de pan de nata, con su punto de vainilla y limón; inolvidable la fórmula de las ricas cemas –llamadas también semas o semitas– pan mexicano o popular, y de nostalgia europea el pan de nueces que se nacionaliza con la vainilla. Tres panes que son una bendición y están llenos de indulgencias. En la santa vía que transita de los panes a los dulces, toma su lugar una sugerencia notable: la de una “capirotada”, golosina nacional que aquí se presenta en una apetitosa rosqueta, casi como una aureola del buen comer. No hay que olvidar, sin embargo, la “corona del rey”. Es de gran peso, pues está llena de almendras, nueces y pasas, pero por fortuna se sirve en rebanadas y, ciertamente, mientras se mordisquea, el paladar se beatifica. Repiquen campanillas. Arrobos y párrafo separado para los chongos zamoranos. Transformación de la leche en místico manjar.

Más terrenal, el “condumbio”  de cacahuates que es golosina crujiente. Este dulce lego está rodeado siempre de chiquillería. También la buena cocada que se imprime acto continuo, aunque ella recuerda más bien las altiveces de una monja con su nívea presencia y su consistencia firme, pero nunca tan ruda como la del hermano condumbio.

Y sabiendo que se develan secretos conventuales entre estos postres, ¿qué tal tomar de su cocina la receta para unas “peras prensadas”? Formidable proceso que las adorna para el siglo que con tanta gracia que, tras envolverlas con papel encerado y luego papel estaño, les deja el tallito para rematar la envoltura. ¿O el secreto del “ate de membrillo”? Pocas frutas logran, luego de renunciar a sí mismas, la consagración de una pasta semejante.

¡Sabores etéreos que se atraen, cotidianamente, a la vida ordinaria! Reconocidos en mesas tan variadas del pueblo michoacano que, en el desayuno, se engalanan con el espeso champurrado y, en la merienda, con espumoso y humeante chocolate, a veces sustituido por las tersas suavidades del rompope moreliano.