José López

             Cuando me llega la nostalgia, suelen cruzar por mi mente aquellas tradiciones que en mi niñez me llenaban de entusiasmo. Me refiero al gran “legado lúdico”, al listado de juegos de infancia, que conformaban parte de del “folklore” de nuestro pueblo. Tal vez ya no recuerden esta basta herencia que nos dejaron nuestros predecesores, pues los tiempos han cambiado y junto a ellos también las maneras de divertirnos y de convivir. Sin embargo es bueno, de vez en cuando, hacer un recuento de las tradiciones que han ido estructurando nuestra identidad.

Recordemos, por ejemplo, los cantos que niños y niñas entonábamos en momentos de juego. Cantos que han sido una herencia de la cultura hispana y llegaron a tierras mexicanas desde tiempos de la Conquista. He allí el tan conocido “Víbora de la mar” que, más allá de una mera copla, era origen de la algarabía de aquellas tardes veraniegas en Ucareo:

A la víbora, víbora de la mar,

por aquí pueden pasar

los de adelante corren mucho

y los de atrás se quedarán.

Una mexicana que fruta vendía:

ciruela, chabacano, limón o sandía,

¿será melón, será sandía?

¿será la vieja del otro día?…

O tal vez pudieran recordar cuando las niñas —por lo regular— cantaban en la escuela o en la plaza, el conocido “Matarilerileró”:

¿Qué quiere usted? matarilerileró.

Yo quiero un paje.

Escoja usted.

Escojo a usted.

¿Qué oficio le pondremos?

Le pondremos lavandera.

Ese oficio no le gusta […] matarilerileró…

Había cantos que, siguiendo el desarrollo natural de los niños, se adaptaban a los modos de arrullo o coplas de nana, como aquel que dice: “Tengo manita, no tengo manita, porque la tengo desconchabadita”… Incluso, existían los cánticos de Navidad, los de feria o los escolares.

Iba por un caminito

y me encontré un peralito.

Le aventé muchas pedradas,

calleron tejocotes.

Salió el dueño de las peras,

me dio un garrotazo.

Me salió sangre de un pie,

y el dulce de las ciruelas

ni siquiera lo probé,

hay, hay, hay, ¡qué dulce es!

Y más allá de los cantos, recurríamos con frecuencia a los cuentos de nunca acabar, a los romancillos, a las historias de terror o mentiras infantiles que, por lo general, nos acompañaron en nuestro desarrollo de infantes.

Yo tenía diez perritos

y uno se cayó en la nieve

ya nomás me quedan nueve…”

“—Señora Santa Ana, ¿por qué llora el niño?

Por una manzana que se le ha perdido.

Si llora por una, yo le daré dos

una para el niño y otra para vos”…

Recuerdo que, por lo general, nuestro pueblo vivía en un ambiente de alegría y buen humor, haciendo uso del gran elenco de formas que son herencia popular para infantiles y que expresaban los más diversos estados de ánimo.

Por otro lado, y más allá del ámbito coplero, los niños de aquel entonces solían poseer una variedad de juguetes que, incluyendo el factor entretenimiento, servían para educar y desarrollar la capacidad creadora. La mayoría de estos juguetes se realizaban en el seno de la familia, con el uso de materiales sencillos y mediante objetos rudimentarios… Eran juguetes tradicionales que nos divertían en exceso: el balanceo del trompo, las partidas de canicas, el dominio del balero o el elevamiento y equilibrio en el aire del papalote.

Había, además, otras formas lúdicas que manifestaban un mayor carácter de participación: el juego de “la botella”, “el brincar la cuerda”, “el burro castigado”, “la chinche al agua”, “el cuadrito”, “los encantados”, “las escondidas” (escondidillas), “la roña” (tú las traes), “el piedra, papel y tijera”, “las piñatas”, “el resorte”, “robar la pareja”, “stop”, etc.

Todo este mundo estaba al alcance de los niños. Y ello determinó el carácter de nuestro pasado, tendiendo a preservar —eso espero—, de generación en generación, las características, las costumbres, artes, oficios, leyendas y tradiciones que poseemos. Ahora bien, desde tu experiencia, ¿qué opinas al respecto? ¿Tú a qué jugabas?