Enfrentarse con el arte de los tiempos idos es abrir una puerta al pasado que grabó su huella en todas las líneas que conforman cada creación de nuestra historia.

En el caso de México, múltiples son los ejemplos que permiten el encuentro con los años en los que la evangelización, desde la óptica de los frailes, era un hecho consumado en estas tierras pobladas por indígenas politeístas.

Muchas fueron las órdenes religiosas que, siguiendo en un principio la petición expresa de Hernán Cortés, llegaron a esta región en la que se toparon de frente con la diversidad étnica e histórica. Aquí descubrieron que el mundo no era solo de moros y cristianos o de buenos y malos -según los patrones de la cultura religiosa medieval-, sino que existía algo más, hasta entonces desconocido, en donde las personas tenían su propia religión y sus reglas de conducta eran totalmente diferentes a lo que alguna vez había siquiera imaginado al leer los relatos de Marco Polo.

Los primeros en llegar a la Nueva España fueron los franciscanos quienes, de acuerdo con la humildad de su orden monástica, se dedicaron en un principio sólo a hacer acciones benéficas, sin pretensiones materiales de ninguna especie (otro tiempo será en el que levanten el convento más suntuoso de la Nueva España). En décadas de 1530 desembarcaron los agustinos y se convirtieron en la tercera Orden en llegar a estas tierras, después de los dominicos. Así, el mapa conventual, merced de esta distribución de territorios otorgados a las Órdenes para ejercer su misión, se dibujó rápidamente, estableciendo las tierras de dominio de las diferentes congregaciones religiosas.

Además de asentarse en la capital del virreinato -en donde erigieron un convento en cuyo templo se alojó hasta hace pocos años la Biblioteca Nacional-, los agustinos llegaron a la entonces sierra de Michoacán.

Fue entonces cuando los agustinos se establecen en una zona limítrofe entre los reinos azteca y purépecha, comenzando la construcción del impresionante conjunto conventual -que por desgracia no se conserva del todo- que ostenta uno de los variados estilos arquitectónicos y artísticos de la época.

De elegante y sencilla fachada, la portada del templo se compone de una amplia cara de piedra decorada con relieves de símbolos propiamente agustinianos: el corazón inflamado, atravesado por una flecha y coronado con una mitra. La planta del templo es de una sola nave de cañón corrido, en tanto que sobre el presbiterio una gama de nervaduras góticas eleva la devoción más allá de las nubes.

La sacristía y el cuarto del bautisterio recuerdan la época aquella en que se convertía masivamente al cristianismo a todos aquellos indígenas que aceptaran recibir el agua bendita y un nombre cristiano con el cual adorar a Dios.

La torre del campanario era el lugar desde el cual se llamaba a quienes con ánimo devoto acudían al templo en busca de ayuda moral o espiritual. Los habitantes del lugar descansaban arrullados por el arte arquitectónico y algunas imágenes que, en el interior del templo, se elevaban a manera de retablos.

Por supuesto que la construcción contaba con patios para el claustro, eran lugares de reunión, descanso y oración. Había la cocina, la sala de profundis, el refectorio y, claro está, un territorio amplio para las labores campestres de los religiosos.

Se conservan aún, en algunas bardas de los pasillos, vestigios de pinturas murales que ostentan la vida conventual en sus tonos de grises (un arte propiamente agustino).

Así pues, no se puede negar que el ex-cnvento agustino de Ucareo es un lugar espléndido donde se manifiesta la historia de esta región del país desde comienzos de la época colonial hasta nuestros días.