La migración o el hecho de migrar es la acción de pasar de un país a otro para establecerse en él; desplazamiento geográfico de individuos o grupos, generalmente por causas económicas y sociales. En un sentido amplio, todo ser humano es migrante; todos sin excepción tenemos la experiencia de desplazamiento; unos más, otros menos, pero todos sabemos lo que significa dejar un lugar –aunque momentáneamente–, separarnos de esos seres queridos, encontrarnos en situaciones y tierras nuevas, con personas diferentes. Esta experiencia pertenece al patrimonio de la humanidad. En este sentido, comprendemos que cuando nos referimos a la “migración” nos estamos refiriendo, en sentido amplio, a la movilidad humana.

El fenómeno de la migración

La migración se expresa principalmente en el que se va (presionado por las circunstancias o por su misma voluntad) –emigración– y el que llega –inmigración–. En general, podemos decir que emigran los necesitados y, dentro de éstos, los que pueden hacerlo.

Los que emigran tienen, consciente o inconscientemente, la necesidad de una relación con tres tipos de personas: con los que los esperan en el lugar a donde se dirigen, los que dejan en el lugar de donde parten y los que, por las circunstancia y albures de la vida, se encuentran en el camino y la aventura.

Quienes emigran tienen, por lo regular, un profundo sentimiento de esperanza; su movilidad la hacen por necesidad y no siempre por el puro gusto. La búsqueda del “sueño americano” tiene detrás la seguridad o ilusión de que existe un espacio que puede ofrecerles algo mejor que lo que tienen en su país de origen. La necesidad que los expulsa se combina con la esperanza de trabajo para pagar las deudas, comer, ofrecerles mejorías a los hijos y a la esposa, a los papás, a la novia y hasta poder hacer un ahorro.

La gran utopía no depende, generalmente, de los brazos abiertos de los extraños sino de la solidaridad de los propios, de los paisanos. Pues en tierra extraña, la familia es más familia, los paisanos más paisanos; la reconstrucción de lo conocido, de lo extrañado, de lo que está por venir, es más devocional y hasta con una fuerte carga espiritual. Por eso, cada detención y acto discriminatorio no son problemas irrelevantes; son golpes bajos al sueño, a la utopía, a la búsqueda de felicidad.

Por lo regular hay una imagen demasiado exaltada de la migración a los Estados Unidos que se manifiesta en las ideas ilusorias de “barrer” dólares y tener un acceso rápido al mundo de la comodidad y al gasto despreocupado. Esto ha facilitado que la migración se presente como cambio de estatus en la que la posesión de bienes es la prueba mayor del éxito. Automáticamente –y con mucha seguridad sin mala intensión– se genera un contraste que evidencia la mejoría económica de quienes emigraron y la derrota de muchos que permanecieron en el país entre historias de descuentos, fracasos y tragedias.

El ilegal

Por lo regular, la mayoría de los que se van a los Estados Unidos lo hacen de manera ilegal. La característica más evidente de tal hecho es el común sentir, la experiencia del fenómeno de “intrusos” en los ambientes estadounidenses. En los discursos oficiales parece tenerse claro que el hecho de “estar sin papeles” significa ser ilegal. Una situación que, en su gravedad para el indocumentado, se empeora en el momento en que es víctima del racismo prevalente.

Cuando el emigrante vuelve

Al que se va para “el otro lado” usualmente le quedan las intensiones de regresar a su tierra natal; sin embargo, los regresos no deben implicar simplicidad: el mojado siempre tiene la intensión de volver como “triunfador”.

Los emigrantes no se van para siempre; o al menos no reconocen el desarraigo total. A pesar de que muchos logran obtener un buen trabajo, casa, propiedades y hasta ciudadanía… siempre se reservan la intención de volver a su terruño. Para ellos es como una obligación moral pensar en el retorno.

A este sentimiento de volver al lugar de origen se une el deseo de morir o hacerse viejo en el lugar menos extraño que el suelo de otro país; para mucha gente una desgracia que se une a la de la muerte es precisamente la de morir en suelo extraño. Quizás es el miedo a no ser recordado, a que con la muerte no sólo se acabe el cuerpo sino la historia, el recuerdo y la memoria.

Los deportados

Dentro del grupo de migrantes que regresan a la tierra natal existe una categoría de los llamados “deportados”. Aunque en algunos aspectos el grupo coincide con los emigrantes, los deportados poseen tres peculiaridades: son llevados (o regresados) a la fuerza, son desterrados; se encuentran en medio de extrañeza por parte de los locales; y, por lo regular, son víctimas de algún atropello moral y físico.

El destierro, el desarraigo sea de la propia tierra o del lugar al que apenas se ha llegado, provoca un sentimiento de impotencia, resentimiento, coraje… Cuando se destierra del propio lugar por causas políticas no sólo se atenta contra la persona, sino también contra las instituciones, en el sentido de que se cortan o rechazan tradiciones, costumbres y principios.

Cuando se destierra del lugar al que se ha llegado se rompen las esperanzas y las posibilidades de una nueva vida, incluso se llega al grado de dificultar el retorno libre de determinaciones.

Los que se quedan

Los millones que emigran tienen su correspondiente en millones que se quedan en los lugares de origen. Quienes ven partir a los que se van “pa’l otro lado” son los quedados y las quedadas migratorios. A éstos se les distingue en dos tipos: los que comparten el sueño del que se fue y los que están en contra de que se haya marchado el ser querido.

Los que comparten el sueño de los que se marchan, no sólo alientan a los migrantes, sino que además entran en sus planes la aventura del “Norte”: lo que usualmente se llega a constituir tradición familiar.

Por lo regular, la migración produce en las familias la experiencia de la desintegración humana; necesariamente el que se va deja a alguien, y el que se queda tiene la sensación de haber sido abandonado. Son situaciones en las que se vive en carne propia la soledad, la necesidad económica y la ansiedad por el resguardo de la fidelidad, especialmente en los lazos conyugales.

La responsabilidad del migrante

Los migrantes no sólo tienen derechos, también tienen responsabilidades. Las actitudes de respeto, convivencia, fraternidad, encuentro… que esperan de quienes los reciben, son al propio tiempo una responsabilidad inmediata de los que llegan. Los recién llegados a una tierra extraña deben convertirse en sujetos de derechos y responsabilidades u obligaciones.

La experiencia de vivir como extranjeros y forasteros es una oportunidad y un desafío, a pesar de las limitaciones que esto conlleva. El extranjero tiene la responsabilidad de mantenerse, a pesar de las situaciones adversas, como una alternativa en el comportamiento, de tal manera que logre suscitar una buena conducta.