Historia de México

La conquista de América

 

Entre 1492 y la primera mitad del 1500 fueron descubiertas y conquistadas las Antillas, América central y meridional, California y Texas.

La conquista había partido de Santo Domingo, entonces llamada La Española, donde fue erigida la primera Audiencia (1510).

En 1519 comenzó la invasión de lo que fue llamada la Nueva España, por obra de Hernán Cortés (+1547), quien con la política de «divide y vencerás» logró abatir el reino mexica.Una vez conquistado, este territorio se convirtió a su vez en el punto de partida de las conquistas que condujeron a la sumisión de los pueblos sedentarios que vivían en Mesomérica, más allá de los límites del antiguo imperio mexica: al noreste la zona Huasteca de Pánuco (1521-1523); al oeste, el reino tarasco de Michoacán (1522); al noroeste la región de Jalisco, llamada Nueva Galicia (1530-1532); al sureste la zona zapoteca-mixteca de la región de Oaxaca y del istmo de Tehuantepec (1521-24); posteriormente la altas tierras mayas-quiché de Chiapas y Guatemala (1523-31), la zona maya de la península de Yucatán (1527-44) y Honduras (1524-26, aunque definitivamente pacificado en 1537).

Se puede considerar así que en 1532 toda Mesomérica, habitada por oblaciones sedentarias estaban bajo el control de los peninsulares, excepción hecha de algunos territorios internos de Yucatán y Tezulutlán (que se convertirá después en Verapaz), la impenetrable tierra tropical del Petén, en el norte de Guatemala y algunas zonas pobladas por indígenas recolectores de la América central.

Fue una conquista guiada por un doble ideal, sintetizado muy bien en la frase de Lope de Vega: «Al Rey infinitas tierras y a Dios infinitas almas».

Sobre el significado de la conquista de América se confrontan diversas lecturas: la primera es la leyenda negra. El iniciador fue Bartolomé de Las Casas, un hombre complejo. El dominico, que partía de la concepción que excluía la evangelización realizada mediante la espada y la sumisión a los príncipes cristianos, llegó a condenar la conquista española como una gran usurpación. En esta leyenda Colón fue retratado como eurocéntrico, sexista, y los españoles como intolerantes, explotadores, esclavistas, superficiales.

La segunda lectura se puede definir Hispanista. Esta exalta la obra de España. Se pone de relieve, a diferencia de la expansión colonial de otras potencias como Inglaterra, una expansión guiada no sólo por razones comerciales. España no actuó sólo con una política de genocidio, porque de la mezcla entre europeos e indígenas nació una entidad nueva, un nuevo pueblo. La colonización española, en efecto, fue la única que originó nueva raza: la mestiza.

Una tercera lectura ha juzgado la realidad latinoamericana como si hubiera nacido de la opresión; la Iglesia queriendo dominar instauró un régimen de dominio en Europa y de esclavitud en América. La evangelización debió haber sido anticolonialista, pero fue eurocéntrica, colonialista, destructora de las culturas indígenas.

 

La Corona española

 

Los Reyes Católicos recibieron, en virtud de las bulas alejandrinas, la doble concesión de conquistar y evangelizar. Esto aseguraba, por tanto: a) el derecho de conquista y la legítima posesión de las tierras por parte de la Corona; b) el derecho de Patronato de la Corona sobre la Iglesia en las nuevas tierras.

El segundo derecho (Patronato) comportaba el compromiso de los soberanos de crear las estructuras de la Iglesia y de hacerlas funcionar. La Corona se empeñó desde la segunda expedición mandado a un sacerdote, el mínimo Bernardo Boyl (Buil) y ordenando que se hiciese cuanto era posible para la conversión de los nativos.

Los soberanos dieron instrucción para que no pasaran al Nuevo Mundo personas sospechosas en cuanto a la fe (moros, herejes, hebreos, reconciliados por la Inquisición). Además, se prescribió que los cambios de costumbres se realizaran gradualmente sin escandalizar ni maltratar a los naturales.

Pronto se cayó en la cuenta que los indígenas tenían costumbres diferentes (desnudos en las Antillas), que no eran tiernos ni maleables (la palabra «caníbal» parece que fue acuñada por Colón), que reaccionaban en defensa de tierras y riquezas; por su parte, algunos de los colonizadores se plantearon el problema de si eran racionales.

El dominico Antonio de Montesinos en el Adviento de 1511 comenzó a predicar a los colonos, echándoles en cara la opresión de los indígenas.

Los dominicos, obtuvieron del rey Fernando que fueran promulgadas leyes en favor de los indios (Leyes de Burgos de 1512). En éstas se afirmaba: los indios son libres; deben ser educados en la fe católica; los reyes pueden ordenar que trabajen, con tal que reciban un salario; los trabajos deben ser proporcionados a su constitución física; no se les pueden quitar sus horas de descanso; deben tener casa y un pequeño terreno propio.

Cuando en 1504 Julio II creó, por iniciativa propia, tres diócesis, el rey no quiso aceptar esta decisión, en cuanto se desconocía el derecho de Patronato. El papa tuvo que ceder.

Para favorecer la colonización había sido inventado un sistema práctico, el de las encomiendas. Las tierras eran cedidas en usufructo a los colonos («encomenderos») que tenían el derecho de cobrar tributos, de exigir prestaciones de trabajo, a cambio de la protección y de la instrucción religiosa. Este sistema fue introducido por Colón en 1499 y, no obstante bastantes inconvenientes, fue mantenido. Esto desde el punto de vista práctico.

Desde el punto de vista teórico, la sociedad española se puso la pregunta sobre los títulos de conquista de las Indias. Las soluciones propuestas fueron sustancialmente dos: para algunos, los soberanos españoles podían legítimamente ocupar las nuevas tierras sobre la base de los siguientes motivos: a) la bulas de Alejandro VI son una legítima donación de las nuevas tierras, sobre la base del poder directo del papa in temporalibus; b) las tierras son res nullius; c) el derecho de propiedad de los indios es imperfecto en cuanto son idólatras.

De esta solución derivó aquél curioso documento que es el Requerimiento, redactado probablemente por Fernández de Enciso. Es un texto que se leía antes de toda expedición, en el cual los conquistadores proclamaban que el papa había donado estas tierras y que se les debía someter a la Iglesia y al rey de España. Después era posible agredir a los indios, quienes no habían entendido nada. Esto permaneció en vigor hasta 1542.

La segunda solución vino de Las Casas y Francisco de Vitoria (1492-1546). Vitoria puso de relieve que el papa no era dominus orbis y tampoco el emperador Carlos V. El requerimiento era, por tanto, injusto; a los indios no se les podía hacer la guerra, aún si no reconocían la soberanía del papa o de Carlos V, y no podían ser privados de sus bienes. Lo que habían concedido las bulas alejandrinas era sólo el derecho de predicar el Evangelio y el deber de proteger a los indios que se hubieran voluntariamente convertido. La deposición de los príncipes indígenas y la guerra eran lícitas únicamente en los casos en que fuese obstaculizada la predicación o los cristianos fueran perseguidos a mano armada. Sólo si los indios se hubieran convertido en masa era posible que el papa pudiera deponer al príncipe infiel y poner en su lugar uno cristiano.