La gran mayoría de quienes hoy poblamos el territorio mexicano estamos faltos de experiencia de cabalgar a campo abierto o de lazar un potro bronco. Pero habrá quienes recuerdan o conozcan los jaripeos ofrecidos a propios y extraños; el gusto por la fiesta, el ánimo enamoradizo, la disponibilidad a sellar todo gusto y toda pena con licor, el apego al terruño u otras cosas que son características exclusivas de “la vida ranchera”, como diría mi abuelo.

Como sabemos, las tradiciones suelen ser duraderas y a veces, en circunstancias que parecen serles adversas, pueden disminuirse o desaparecer. Sin embargo, y aunque el mundo a caballo, cargado de símbolos y tradiciones, se desplace cada vez más a un espacio mítico, sus herederos, por fortuna, nos recuerdan vivamente y con singular alquimia, la fiesta, el amor, el valor, la canción ranchera y de banda que llevamos en nuestros rostros por doquier.

Me permito, pues, en esta ocasión, presentar un artículo que nos insta a todos los mexicanos. Un tema que en el mundo habitual se mantiene con ánimo tradicional en el teatro, el cine, la música, la pintura, la moda… herencia y, ¿por qué no? identidad del México actual.

La cultura charra

La charrería es un universo imaginario y complejo, cuyos significados parecen ligarse a una voluntad simbólica colectiva, como dice Cristina Palomar, una investigadora del pensamiento nacional…. Y es que el universo charro es tan extenso que hay muchos puntos en que se le puede reflexionar: la competencia, el deporte, el mariachi, el tequila y la fiesta familiar.

Desde una perspectiva histórica, la charrería está ligada al desarrollo de la ganadería, ocurrido a partir de la llegada de los españoles a tierras americanas en el s. XVI. Es también un elemento sociológico y cultural, que proyecta estereotipos de sectores y regiones sociales específicos.

La historia nacional nos demuestra que los jinetes han llegado a tener importancia incluso en la seguridad pública, sobre todo en tiempos de crisis política-social acontecida en la época preliminar al porfiriato, cuando proliferó el bandolerismo. En este caso, para hacerle frente al problema, el gobierno organizó y profesionalizó el ejército. Se comenzó la práctica “elitista” de la charrería, requiriendo una serie de elementos que la hacían costosa y compleja: necesitó una nueva indumentaria, caballos y otros animales, monturas y demás atavíos.

Hoy la constitución de un charro se matiza ampliamente y con profundidad: se distingue por su apego al terruño, su sólido instinto familiar, sus referencias hispánicas y su gallardía. El charro es, además, ágil, empeñoso, libre, bravo, sensible, franco, seductor y exultante. En correspondencia a la ética de su condición, encarna una masculinidad derivada de la compleja mezcla de normas, valores, representaciones y prácticas.

El charro en el imaginario mexicano representa una cultura en la que han confluido los elementos del proceso de mestizaje propio del pueblo mexicano cuyo momento mítico de origen es el punto en que se conquista el derecho a subirse al caballo: una dignidad que era reservada sólo a los españoles y criollos en las primeras etapas del México colonial.

La charrería en las regiones de Ucareo

Como es sabido, los orígenes de la charrería en México se atribuyen a las zonas céntricas del país y de Occidente, especialmente a los estados de Jalisco e Hidalgo. Es allí donde, hasta la época actual, se desarrolla y se manifiesta el arte y el deporte de la charrería. En el estado de Michoacán ciertamente existen los grupos de charros y comitivas bien organizadas, sin embargo no dejan de ser herencia de lo que en otros estados se desarrolló más profusamente y con un amplio margen a la inculturación entre las tradiciones autóctonas y las provenientes de los antiguos conquistadores.

De esta idea podemos deducir que en Michoacán se adoptó una tradición charra más elaborada de la que pudiera desenvolverse en la región. Así pues, si quisiéramos hacer un recuento de lo que aconteció en la región de Ucareo en materia de charrería, descubriremos que la imagen del charro es descendiente de una estirpe de hidalgos campiranos que, por lo regular, eran dueños de fincas y potreros, con amplia estirpe y con un amor profundo a las labores ganaderas.

En tiempos pasados, especialmente en la época postrevolucionaria, aparecieron charros –que eran mayoría– pertenecientes a la clase de pequeños propietarios, o bien, los que trabajaban para alguna de las familias que contaban con gran capital vacuno y equino.

Pareciera común decirlo, pero la charrería era exclusiva de los hombres de campo, se ejercitaba continuamente en las haciendas ganaderas cuando había necesidad de lazar un animal, en la temporada donde los herraderos, capaderos y “tuzaderos” propiciaban grandes festejos.

Comúnmente, en las haciendas de San Joaquín Jaripeo y la del Sauz, las más prominentes de la región, se compraban partidas de novillos y bueyes para las yuntas. La llegada de las reces era aprovechada para ejercitar una simple, pero amena charrería. Había que errar el ganado con el fierro de la hacienda, vacunarlos y castrar a los machos que estaban “enteros”, todo lo que daba pie a echar unas “colitas”, así como para apreciar la destreza de los jinetes y la educación de los caballos. Se realizaban juegos charros en las veredas y áreas más concurridas y populares entre la gente de aquel entonces. Además de “charrear” en los corrales y mangas de las haciendas, los charros solían travesear, colear, mangonear y pialar en campo abierto o, lo que era más común, realizar carreras de caballos.

Por lo regular la gente a caballo sabía lo que traía entre manos, charrear era una parte incluida en el estilo de vida. A más de eso se arreaba y se trabajaba el arado (la gran mayoría con yunta de bueyes). Era un sistema de charrería que a nosotros nos parecería impropio y muy tradicional. Al no haber lienzo, un charro corría a la derecha del novillo, “haciendo sombra” y otro corría a la izquierda del coleador. El coleador se emparejaba al astado, saludaba arriscándose la lorenzana del sombrero, “pachoneaba”, pepenaba el rabo, arcionaba, amarraba, y abría su remuda provocando la caída del novillo. En el acto un charro se lanzaba al novillo por la cabeza y le ponían un pial para tumbarlo.

Si se quisiera decir, en Ucareo y sus regiones pocas personas practicaron la charrería con profesionalismo. Se llegó a dar, por supuesto, la práctica de varias suertes: la cala de caballo, la pial (lazar las patas traseras del animal), el coleadero, jinete de yegua y toro, la carrera de caballos, pero no siempre con profesionalismo sino con mesura y simplicidad.

Actualmente no se puede argumentar la proliferación ni la práctica de la cultura charra en el lugar.

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Enfrentarse con el arte de los tiempos idos es abrir una puerta al pasado que grabó su huella en todas las líneas que conforman cada creación de nuestra historia.

En el caso de México, múltiples son los ejemplos que permiten el encuentro con los años en los que la evangelización, desde la óptica de los frailes, era un hecho consumado en estas tierras pobladas por indígenas politeístas.

Muchas fueron las órdenes religiosas que, siguiendo en un principio la petición expresa de Hernán Cortés, llegaron a esta región en la que se toparon de frente con la diversidad étnica e histórica. Aquí descubrieron que el mundo no era solo de moros y cristianos o de buenos y malos -según los patrones de la cultura religiosa medieval-, sino que existía algo más, hasta entonces desconocido, en donde las personas tenían su propia religión y sus reglas de conducta eran totalmente diferentes a lo que alguna vez había siquiera imaginado al leer los relatos de Marco Polo.

Los primeros en llegar a la Nueva España fueron los franciscanos quienes, de acuerdo con la humildad de su orden monástica, se dedicaron en un principio sólo a hacer acciones benéficas, sin pretensiones materiales de ninguna especie (otro tiempo será en el que levanten el convento más suntuoso de la Nueva España). En décadas de 1530 desembarcaron los agustinos y se convirtieron en la tercera Orden en llegar a estas tierras, después de los dominicos. Así, el mapa conventual, merced de esta distribución de territorios otorgados a las Órdenes para ejercer su misión, se dibujó rápidamente, estableciendo las tierras de dominio de las diferentes congregaciones religiosas.

Además de asentarse en la capital del virreinato -en donde erigieron un convento en cuyo templo se alojó hasta hace pocos años la Biblioteca Nacional-, los agustinos llegaron a la entonces sierra de Michoacán.

Fue entonces cuando los agustinos se establecen en una zona limítrofe entre los reinos azteca y purépecha, comenzando la construcción del impresionante conjunto conventual -que por desgracia no se conserva del todo- que ostenta uno de los variados estilos arquitectónicos y artísticos de la época.

De elegante y sencilla fachada, la portada del templo se compone de una amplia cara de piedra decorada con relieves de símbolos propiamente agustinianos: el corazón inflamado, atravesado por una flecha y coronado con una mitra. La planta del templo es de una sola nave de cañón corrido, en tanto que sobre el presbiterio una gama de nervaduras góticas eleva la devoción más allá de las nubes.

La sacristía y el cuarto del bautisterio recuerdan la época aquella en que se convertía masivamente al cristianismo a todos aquellos indígenas que aceptaran recibir el agua bendita y un nombre cristiano con el cual adorar a Dios.

La torre del campanario era el lugar desde el cual se llamaba a quienes con ánimo devoto acudían al templo en busca de ayuda moral o espiritual. Los habitantes del lugar descansaban arrullados por el arte arquitectónico y algunas imágenes que, en el interior del templo, se elevaban a manera de retablos.

Por supuesto que la construcción contaba con patios para el claustro, eran lugares de reunión, descanso y oración. Había la cocina, la sala de profundis, el refectorio y, claro está, un territorio amplio para las labores campestres de los religiosos.

Se conservan aún, en algunas bardas de los pasillos, vestigios de pinturas murales que ostentan la vida conventual en sus tonos de grises (un arte propiamente agustino).

Así pues, no se puede negar que el ex-cnvento agustino de Ucareo es un lugar espléndido donde se manifiesta la historia de esta región del país desde comienzos de la época colonial hasta nuestros días.

Los árboles ejercitan distracciones, tan inocentes
como ellos mismos que no conocen el mal.
Especialmente les gusta cantar, y cantan a coro las pocas
canciones que han logrado comprender.

Como todas las plantas, aman intensamente el agua
y a ensalzarla dedican sus mejores sinfonías, que son dos
y las podéis oír en todos los bosques del mundo;
una imita el ruido de la lluvia sobre el ramaje
y la otra copia el rumor de un mar lejano…

(Wenceslao Fernández)


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Un fragmento sobre la arriería en Ucareo

Por: José López

“Ya no quiero ser arriero

por no andar en la barranca,

porque se me había perdido

la mula prieta y la blanca”.

(son abajeño tradicional)

Muchos han de recordar que la arriería fue, durante mucho tiempo, una de las actividades más importantes para el desarrollo económico de Ucareo. De los arrieros dependía el transporte de mercancías –sobre todo de maderas– desde el poblado hacia otros lugares, o bien, la introducción de víveres y recursos primarios para la gente del lugar.

Por si fuera poco, los arrieros influyeron en la configuración cultural que poco a poco se iba dando en la región. Las ideas, los modos de hablar, la gastronomía, la música y otros elementos más se debieron en gran parte a las influencias de estos hombres que, como dice literalmente el refrán: “arrieros eran y en el camino andaban”.

No podemos negar que el oficio de la arriería en el siglo XIX fue una actividad generalizada en todo el país. Sin embargo, Ucareo debe reconocer que mucho de lo que hoy se constituye es gracias al tráfago comercial de muchos arrieros en el pasado.

El sistema de transportación no se limitaba exclusivamente a mercancías, servía también para transportar personas en carretas, caballos, mulas o burros, donde todo era de acuerdo a la condición social y económica del transportado o del transportante.

Se sabe que en Ucareo se llegaban a formar grupos de arrieros para organizar mejor las “recuas” (grupos o filas de las vestías de carga) en el comercio de leña, vigas, tejamanil, maíz, trigo, cebada, carbón, pulque, resina (brea de pino) ó, en el mejor de los casos, frutas como la pera, el durazno y la ciruela.

De Ucareo se exportaba gran cantidad de materias primas bajo la ayuda de la arriería. Y los arrieros o carreteros de la región, de regreso a su lugar natal, importaban de los pueblos más grandes, la mercancía necesaria: abarrotes, hules y vaquetas para el calzado, royos de manta o telas para hacer la ropa, sobre todo el día 28 de agosto, que era fiesta patronal de San Agustín Obispo y el 12 de diciembre en honor santísima Virgen de Guadalupe.

Las rutas de los arrieros

Los lugares a los que principalmente se dirigían los arrieros de Ucareo eran: Salvatierra y Acámbaro, Gto. En este último lugar se ubicaba una estación de tren, a donde los ucarenses y otros lugareños trasladaban productos que irían a parar a territorios muy lejanos.

Los arrieros de Ucareo transportaban también planchones o hualdras de madera (bloques largos y gruesos), bigas, morillos, tejamanil, al pueblo de Zinapécuaro y a la ranchería de Huingo. O, en el caso de otras rutas como Maravatio y Ciudad Hidalgo, se transportaba granos para la elaboración de harinas o leña de “llarín” (ocote) para la industrialización de resistol y otros derivados.

Ocasionalmente los arrieros hacían viajes más lejanos como a Morelia, Celaya, Querétaro o ciudad de México.

Muchas de las rutas o caminos de la arriería –llamados, por lo general, como “caminos reales” – comprendían lo que ahora se constituyen carreteras federales.

¿Qué transportaban los arrieros?

Los viajes que realizaban los arrieros introducían en el pueblo de Ucareo –siempre de acuerdo a las posibilidades– nuevos conceptos gastronómicos, jergas lingüísticas, arte y diversos modales culturales. Provenientes de esta mágica mercadería podemos nombrar los adornos hogareños (vajillas, cuadros, macetas), ropa (sobre todo femenina: pañoletas, rebozos, paliacates, peinetas), que muchos de nuestros abuelos aún conservan.

Desde los tiempos del Porfiriato hasta casi mediados del siglo XIX, la arriería en Ucareo tuvo sus transformaciones y progresos. Hubo el momento en que se llegó a convertir en núcleo del transporte del lugar y de las mercaderías. Con ella se construyó entre los habitantes del pueblo una nueva forma de vida popular.

Por otra parte, debemos decir que entre los arrieros también se llegó a dar la estratificación social. La mayoría de ellos practicaban la arriería en el margen de la pobreza, pero otros tantos (sobre todo los “patrones”) lograban constituir un negocio productivo y de gran estatus social. Existían los arrieros que llevaban y traían sus propios productos con dos o tres bestias para el abastecimiento familiar, los que alquilaban recuas (muchas bestias) para fletear productos o transportar personas, o bien, los arrieros comerciantes que, con sus propias recuas, suministraban sus negocios y los de otros.

Los arrieros de Ucareo

Ciertamente se conserva memoria de algunos arrieros de Ucareo. Tan sólo por mencionar, entre algunos de aquellos que practicaban el alquiler de recuas, se haya Don Providente Jiménez (alias “el Morras”), quien se valía de bastantes empleados llamados “sabaneros” para la ejecución de sus transportes. O, entre aquellos que abastecían sus propios negocios, se encuentra José Luna Bucio, Agapito Soto, Trinidad Soto y Rafael Romero Soto, éste último llegó a ser dueño de una de las tiendas más grandes del pueblo.

Entre aquellos que, por lo regular, se dedicaron a la transportación de maderas, bigas, morillos (y abasto familiar), resalta Antonio Aguilar, Salomón Ramírez, Benjamín Olivares, Sebastián Guzmán y Alfredo Reyes, quien fue uno de los mejores trabajadores de madera a hacha y arriero carbonero.

Hubo otros tantos que trabajaron con carretas. Arrieros como Reinaldo Mendoza, “el Cuevo” (que, por cierto, sólo se conoce su apodo) y Alfredo Reyes. También se tiene noticia de Rafael Espino López, uno de los carreteros más fuertes de la región y hábil rastreador de animales y personas […].

Gracias al legado histórico de los arrieros de Ucareo sabemos que practicaban un oficio difícil pero aventurero, peligroso pero gratificador. Algunos cuentan historias sobre largos viajes en que llegaban a dormir en mesones[1], donde conocían las delicias del pan, de chiles, granos o donde disfrutaban a las reinas de los fogones que preparaban sabrosas comidas.

Definitivamente, los arrieros fueron los señores de los caminos. Supieron llevar con profesionalismo el intercambio, el transporte y la comunicación para el bienestar de la región.

Así es que ya saben: “De arrieros somos y en el camino andamos”.


[1] Por cierto, en Ucareo se encontraban dos mesones importantes de la región, donde se les daba hospedaje a las personas, alimentación a las recuas y mantenimiento a las carretas. Uno estaba ubicado en la entrada de la “Colonia Tico” y otro situado en el centro del pueblo, en un lugar hoy conocido como “Las cuatro esquinas”.

José López

             Cuando me llega la nostalgia, suelen cruzar por mi mente aquellas tradiciones que en mi niñez me llenaban de entusiasmo. Me refiero al gran “legado lúdico”, al listado de juegos de infancia, que conformaban parte de del “folklore” de nuestro pueblo. Tal vez ya no recuerden esta basta herencia que nos dejaron nuestros predecesores, pues los tiempos han cambiado y junto a ellos también las maneras de divertirnos y de convivir. Sin embargo es bueno, de vez en cuando, hacer un recuento de las tradiciones que han ido estructurando nuestra identidad.

Recordemos, por ejemplo, los cantos que niños y niñas entonábamos en momentos de juego. Cantos que han sido una herencia de la cultura hispana y llegaron a tierras mexicanas desde tiempos de la Conquista. He allí el tan conocido “Víbora de la mar” que, más allá de una mera copla, era origen de la algarabía de aquellas tardes veraniegas en Ucareo:

A la víbora, víbora de la mar,

por aquí pueden pasar

los de adelante corren mucho

y los de atrás se quedarán.

Una mexicana que fruta vendía:

ciruela, chabacano, limón o sandía,

¿será melón, será sandía?

¿será la vieja del otro día?…

O tal vez pudieran recordar cuando las niñas —por lo regular— cantaban en la escuela o en la plaza, el conocido “Matarilerileró”:

¿Qué quiere usted? matarilerileró.

Yo quiero un paje.

Escoja usted.

Escojo a usted.

¿Qué oficio le pondremos?

Le pondremos lavandera.

Ese oficio no le gusta […] matarilerileró…

Había cantos que, siguiendo el desarrollo natural de los niños, se adaptaban a los modos de arrullo o coplas de nana, como aquel que dice: “Tengo manita, no tengo manita, porque la tengo desconchabadita”… Incluso, existían los cánticos de Navidad, los de feria o los escolares.

Iba por un caminito

y me encontré un peralito.

Le aventé muchas pedradas,

calleron tejocotes.

Salió el dueño de las peras,

me dio un garrotazo.

Me salió sangre de un pie,

y el dulce de las ciruelas

ni siquiera lo probé,

hay, hay, hay, ¡qué dulce es!

Y más allá de los cantos, recurríamos con frecuencia a los cuentos de nunca acabar, a los romancillos, a las historias de terror o mentiras infantiles que, por lo general, nos acompañaron en nuestro desarrollo de infantes.

Yo tenía diez perritos

y uno se cayó en la nieve

ya nomás me quedan nueve…”

“—Señora Santa Ana, ¿por qué llora el niño?

Por una manzana que se le ha perdido.

Si llora por una, yo le daré dos

una para el niño y otra para vos”…

Recuerdo que, por lo general, nuestro pueblo vivía en un ambiente de alegría y buen humor, haciendo uso del gran elenco de formas que son herencia popular para infantiles y que expresaban los más diversos estados de ánimo.

Por otro lado, y más allá del ámbito coplero, los niños de aquel entonces solían poseer una variedad de juguetes que, incluyendo el factor entretenimiento, servían para educar y desarrollar la capacidad creadora. La mayoría de estos juguetes se realizaban en el seno de la familia, con el uso de materiales sencillos y mediante objetos rudimentarios… Eran juguetes tradicionales que nos divertían en exceso: el balanceo del trompo, las partidas de canicas, el dominio del balero o el elevamiento y equilibrio en el aire del papalote.

Había, además, otras formas lúdicas que manifestaban un mayor carácter de participación: el juego de “la botella”, “el brincar la cuerda”, “el burro castigado”, “la chinche al agua”, “el cuadrito”, “los encantados”, “las escondidas” (escondidillas), “la roña” (tú las traes), “el piedra, papel y tijera”, “las piñatas”, “el resorte”, “robar la pareja”, “stop”, etc.

Todo este mundo estaba al alcance de los niños. Y ello determinó el carácter de nuestro pasado, tendiendo a preservar —eso espero—, de generación en generación, las características, las costumbres, artes, oficios, leyendas y tradiciones que poseemos. Ahora bien, desde tu experiencia, ¿qué opinas al respecto? ¿Tú a qué jugabas?

“Ni amor recomenzado

ni chocolate recalentado”

           Desayuno y merienda, comida y cena. Michoacán todo se aroma de dulces o panes y de espumoso chocolate. ¡Chocolate de metate molido en casa, oloroso a canela, sopeado en la intimidad del hogar con rosquillas doradas de manteca; chocolate tomado a sorbos pequeños, a la hora clásica de la merienda…

En el recetario familiar michoacano también se halla la nativa sabiduría del maíz para fabricar golosinas. ¿Qué tal unos tamales de zarzamora? ¿O unos “huchepos” de nata y azúcar? Si no los hubiere, seguramente se podrá preguntar por unas gorditas de maíz tierno.

También son de elote las recetas siguientes: el pastel lleva huevos, mantequilla, harina de arroz, azúcar, crema; la torta, a su vez, se prepara con ingredientes parecidos: mantequilla o nata, azúcar y huevos, y se añade el pizpireto toque de canela.

Otras delicadezas de repostería: ahora con harina de trigo. Sensacional la propuesta de pan de nata, con su punto de vainilla y limón; inolvidable la fórmula de las ricas cemas –llamadas también semas o semitas– pan mexicano o popular, y de nostalgia europea el pan de nueces que se nacionaliza con la vainilla. Tres panes que son una bendición y están llenos de indulgencias. En la santa vía que transita de los panes a los dulces, toma su lugar una sugerencia notable: la de una “capirotada”, golosina nacional que aquí se presenta en una apetitosa rosqueta, casi como una aureola del buen comer. No hay que olvidar, sin embargo, la “corona del rey”. Es de gran peso, pues está llena de almendras, nueces y pasas, pero por fortuna se sirve en rebanadas y, ciertamente, mientras se mordisquea, el paladar se beatifica. Repiquen campanillas. Arrobos y párrafo separado para los chongos zamoranos. Transformación de la leche en místico manjar.

Más terrenal, el “condumbio”  de cacahuates que es golosina crujiente. Este dulce lego está rodeado siempre de chiquillería. También la buena cocada que se imprime acto continuo, aunque ella recuerda más bien las altiveces de una monja con su nívea presencia y su consistencia firme, pero nunca tan ruda como la del hermano condumbio.

Y sabiendo que se develan secretos conventuales entre estos postres, ¿qué tal tomar de su cocina la receta para unas “peras prensadas”? Formidable proceso que las adorna para el siglo que con tanta gracia que, tras envolverlas con papel encerado y luego papel estaño, les deja el tallito para rematar la envoltura. ¿O el secreto del “ate de membrillo”? Pocas frutas logran, luego de renunciar a sí mismas, la consagración de una pasta semejante.

¡Sabores etéreos que se atraen, cotidianamente, a la vida ordinaria! Reconocidos en mesas tan variadas del pueblo michoacano que, en el desayuno, se engalanan con el espeso champurrado y, en la merienda, con espumoso y humeante chocolate, a veces sustituido por las tersas suavidades del rompope moreliano.